
Sibundoy
Sibundoy es un municipio ubicado en la región del Alto Putumayo, situado en el valle conocido por sus habitantes originarios como Tabanok (bëngbe waman: lugar de morada, origen y retorno). De entre los pueblos originarios, el Kamëntsá es el más representativo de la zona, seguido por el pueblo Inga.
El valle ha sido históricamente un territorio estratégico para conquistadores españoles, misioneros católicos, caucheros y, más recientemente, agricultores mestizos. Situado en el punto de convergencia entre las regiones andina y amazónica, su rica diversidad botánica ha despertado el interés de empresas farmacéuticas, al tiempo que constituye un elemento central en las prácticas de sanación de los médicos tradicionales (taitas).
El pueblo Kamëntsá ejerce su derecho de autogobierno a través del Cabildo, practica la siembra del viento y del agua, obtiene su alimento de la chagra (jajañ en lengua ancestral) -huertos familiares de subsistencia donde se cultivan diversas especies bajo principios de agrobiodiversidad- y se comunica con los ancestros y los seres de la naturaleza mediante rituales y ceremonias como la toma de yagé. El eje territorio–lengua–pensamiento propio constituye el pilar central de su ontología. Por ello, la identidad cultural Kamëntsá es inseparable del territorio ancestral que habitan, sostenido intrínsecamente por la naturaleza que lo conforma.
Como ocurre en muchas otras regiones de Colombia, el valle se encuentra actualmente amenazado por un modelo de desarrollo extractivista promovido a través de políticas estatales y grandes corporaciones. Por un lado, la expansión del modelo agroalimentario industrial está transformando áreas boscosas en plantaciones de monocultivo y pastizales ganaderos, impulsando procesos de deforestación que afectan gravemente las fuentes hídricas y aceleran la dispersión de contaminantes. Por otro lado, la implementación del proyecto de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) está acelerando la pavimentación de la vía principal que conecta Nariño con Putumayo, poniendo en riesgo frágiles ecosistemas de páramo y requiriendo la reubicación de infraestructura eléctrica en proximidad a estos humedales altoandinos altamente sensibles.
Al mismo tiempo, la empresa multinacional AngloGold Ashanti ha recibido concesiones para explorar yacimientos de cobre y molibdeno en el Alto y Medio Putumayo —territorios ancestrales de los pueblos Inga y Kamëntsá—. Estas presiones se ven agravadas por el uso de sustancias tóxicas como el mercurio y el cianuro en los ríos Putumayo, Mocoa y Blanco para la extracción de oro y otros minerales, contaminando cursos de agua vitales y profundizando la vulnerabilidad socioecológica.
A medida que este modelo extractivista de “progreso” avanza sobre Tabanok, un número creciente de familias indígenas se ha visto empujado hacia formas de subsistencia urbanas. Además, quienes permanecen en las zonas altas enfrentan una aguda escasez de tierra: muchas sobreviven en minifundios, mientras que otras carecen por completo de acceso a tierra, lo que las obliga a arrendar pequeñas parcelas o a migrar hacia zonas más bajas.
Quienes logran permanecer continúan esforzándose por salvaguardar sus tradiciones y mantener vivos sus sistemas de conocimiento frente a presiones cada vez mayores. Tal es el caso de la familia de Loly Juajibioy. Sus padres viven en Tabanok, en una casa ubicada en la ladera de una colina dentro de un paisaje imponente conocido como Loma Visión. Este será nuestro punto de partida para conocer a esta familia y acercarnos a las realidades de otras personas que también habitan las contradicciones que el choque de ontologías ha traído al territorio.
El agua como entidad femenina
La hermana mayor de Loly, Olga, sentada con serenidad frente a la casa familiar, comparte con nosotros la visión del pueblo Kamëntsá que atribuye a los distintos elementos del ecosistema la condición de agentes actantes, todos ellos conformando una vasta, interconectada y compleja red dentro del territorio.
“Creo que el agua tiene su mansedumbre y también su furia, y nos ha hecho sentir ambas. Es mansa y amorosa, o armoniosa, cuando nos da vida y calma nuestra sed, y del mismo modo refresca la sed de la propia Madre Tierra. Pero también muestra su furia -o quizá más que furia, sea una forma de llamarnos la atención- cuando no la tratamos como se merece. Por eso, a veces, nos hace sentir su poder o su fuerza, a través de las crecientes que hemos vivido en nuestro territorio.”
— Olga Juajibioy —

El testimonio de Olga recoge quizá de forma más clara los elementos centrales de las ontologías relacionales en torno al agua, y refleja asimismo la interdependencia que las mujeres del pueblo Kamëntsá mantienen con este elemento, identificándose con su capacidad de sostener y reproducir la vida. Para Olga, el agua siente, el agua se enoja y el agua mantiene con los seres humanos una relación de reciprocidad.
De esta visión de interconexión surgen alternativas al desarrollo hegemónico, que abogan por un desarrollo desde la vida, capaz de otorgar espacio y beneficios a todas las formas de vida imbricadas en el territorio. Tanto Olga como Loly trabajan la relación entre cultura y naturaleza (culturaleza) como una vía para proteger el territorio Kamëntsá-Biyá en Sibundoy.

Territorios ancestrales en disrupción
A medida que ascendemos hacia las zonas ancestrales Kamëntsá conocidas como El Paramillo, se nos advierte que el paisaje ha cambiado. A lo largo del trayecto atravesamos tierras transformadas por monocultivos de lulo, áreas de bosque taladas para uso agrícola, pastizales y parches de vegetación más densa, hasta llegar al Cañón del Viento. Este lugar posee un significado particular en la cosmovisión Kamëntsá, pues allí se realizan prácticas de sanación, entre ellas la aeroterapia, aplicada a los pacientes que acuden al Taita. En esta zona cobra especial relevancia una capa vegetal retenedora de agua: un espeso manto de musgo, entrelazado con otras especies, que capta, almacena y libera el agua de manera gradual.
Este camino ha sido tradicionalmente recorrido a pie por miembros de la comunidad Kamëntsá, pero en los últimos años ha sufrido diversas intervenciones, como la apertura de vías para el transporte motorizado. Asimismo, se ha incrementado el número de turistas y visitantes que se dirigen hacia la Laguna de los Valles. Algunos de ellos, como explica el Taita Carlos, han introducido prácticas contaminantes que contrastan fuertemente con los principios ecológicos sostenidos por los ancestros Kamëntsá, sumándose a las presiones derivadas de una agricultura cada vez más intensificada.
“También estamos sobre el camino ancestral de nuestros abuelos, de hace 150 o 200 años, que venían desde el Valle de Sibundoy hacia las montañas. Hoy en día, sin embargo, tenemos dificultades con algunos propietarios de tierras, porque están realizando mucha tala de madera, cortando árboles nativos, lo que está generando erosión. El mensaje que quiero dar a la gente, a los seres humanos, es que ojalá sigamos manteniendo el equilibrio entre el ser humano, la tierra, la naturaleza y el espacio.”
— Taita Carlos —

A través del recorrido y las palabras del Taita, se hace visible una trama de relaciones entre el agua y el territorio, que revela la coexistencia de formas contrapuestas de comprender el mundo. Tras la colonización, muchas prácticas tradicionales fueron abandonadas y sustituidas por otras externas ,principalmente introducidas por colonos, arraigadas en un modelo de desarrollo basado en la explotación de los “recursos” naturales.
Esto ha generado profundos conflictos entre quienes conciben el territorio como un espacio vivo y relacional que sostiene la vida, y quienes lo entienden como un recurso material susceptible de uso intensivo con fines de productividad económica. El Taita subraya la profunda interconexión entre los seres humanos, la tierra, la naturaleza y el espacio, entendidos como un continuo: una red de relaciones que debe sostenerse para preservar el equilibrio natural.
Transformación del entramado agua-territorio
Durante una breve caminata a lo largo del río Hidráulica, una quebrada que en el pasado abastecía con agua limpia a numerosas familias de Sibundoy, Doña Clema, esposa del Taita Carlos, y Loly reflexionan sobre los cambios presenciados en las últimas décadas. Antiguamente fuente vital de agua potable y de pesca, el río ha ido perdiendo progresivamente tanto su calidad como su caudal. Este deterioro se vincula estrechamente con la precariedad del saneamiento municipal y con un patrón más amplio de desatención institucional. En la actualidad, Sibundoy y otros municipios aguas arriba vierten sus aguas grises directamente en su cauce.
En respuesta, el Cabildo Kamëntsá y la Corporación Jajañ han impulsado esfuerzos colectivos para restaurar la Hidráulica mediante iniciativas como la siembra de vegetación en sus riberas y la organización de jornadas comunitarias de limpieza. Sin embargo, la contaminación persiste y las enfermedades de origen hídrico -incluidas afecciones diarreicas que afectan a comunidades rurales situadas aguas abajo- continúan siendo motivo de preocupación. Sin la participación efectiva de las autoridades públicas, estas iniciativas comunitarias enfrentan serias limitaciones para abordar el problema en su raíz.
La situación del río Hidráulica no es un caso aislado. Como explica el Taita Carlos, las deficiencias en materia de saneamiento se hacen especialmente evidentes en Balsayaco, donde confluyen los ríos del valle de Sibundoy. Estos desafíos se ven agravados por la escorrentía de sedimentos provenientes de fincas campesinas en la cordillera circundante, fenómeno que, sumado al vertimiento de aguas residuales urbanas, reduce tanto la disponibilidad como la calidad del agua destinada al uso agrícola de las familias indígenas que habitan en las zonas más bajas.
Aunque los llamados a las autoridades son constantes, las respuestas suelen percibirse como lentas e insuficientes. Intervenciones previas, financiadas mediante créditos comunitarios, no lograron ofrecer soluciones duraderas. Una vez más, la esperanza se deposita en las organizaciones de base y en los colectivos indígenas. Como señala el Taita Carlos, este trabajo se fundamenta en los conocimientos y prácticas heredados de sus ancestros.
“Entonces nuestros abuelos decidieron construir un acueducto en la parte alta del resguardo, y hasta el día de hoy ese acueducto sigue llevando el agua por tuberías hasta cada hogar. Cerca del 95 % de las familias reciben agua por tubería, pero no está tratada con cloro ni nada por el estilo: es agua natural, completamente natural. Y realmente hay una diferencia entre el agua urbana, del acueducto urbano, y el agua rural, del acueducto rural.”
- Taita Carlos -
Los testimonios del Taita Carlos, Olga y Clema evidencian la existencia de dos conflictos entrelazados. En primer lugar, la transferencia de la gestión del agua a autoridades municipales -desvinculadas de las realidades territoriales y la diversidad cultural- ha reforzado relaciones desiguales entre lo urbano y lo rural, donde las comunidades indígenas y campesinas asumen los costos de un saneamiento inadecuado. Un sistema hídrico que anteriormente sostenía la vida local ha sido transformado en canal de drenaje, sustituido por un modelo de acueducto urbano que entra en tensión con las concepciones indígenas del agua como entidad viva.
En segundo lugar, los problemas de contaminación y saneamiento operan a escala regional, afectando no solo la calidad del agua, sino también los ecosistemas y los medios de vida agrícolas tradicionales. En conjunto, estos conflictos revelan una disputa más amplia sobre cómo se entiende, se gobierna y se vive el agua, poniendo de manifiesto la tensión entre modelos de gestión tecnocráticos y formas relacionales y holísticas de habitar el territorio.

El desarrollo sostenible como atajo
No muy lejos de la casa del Taita Carlos y su familia, nos recibe Florentino Quinchoa, médico tradicional inga y amigo cercano de la familia. Junto con su esposa e hijo, Florentino dirige desde 2013 un pequeño emprendimiento familiar de cría de trucha, ubicado en una zona rural cercana al corregimiento de San Pedro, en Sibundoy. La familia decidió deliberadamente establecerse en el ámbito rural. En los centros municipales, las oportunidades económicas son escasas, los empleos agrícolas suelen ser temporales y de difícil acceso, y la tierra está disponible principalmente para quienes pueden costearla -en su mayoría, personas externas al territorio-. Además, estas oportunidades tienden a responder a modelos de producción intensiva altamente dependientes de insumos químicos, lo que entra en conflicto directo con los intereses de Florentino y con la continuidad de la chagra como base de producción y consumo familiar.
Ante esta situación, y tras observar cómo la minería artesanal —oficio de su padre— fue estigmatizada y criminalizada, Florentino optó por la piscicultura de trucha como medio de subsistencia. Sin embargo, expresa su preocupación por no poder competir con modelos de producción más intensivos, que generan mayores ganancias y reciben mayor respaldo estatal. Para Florentino, al igual que para otros líderes indígenas, existe una responsabilidad compartida de reorientar recursos hacia alternativas locales que emergen desde el propio territorio.
Los testimonios de Florentino y su familia evidencian un proceso de hibridación cultural que parece necesario para garantizar la subsistencia familiar en un contexto que los sitúa en desventaja. Este proceso implica buscar un equilibrio entre dos visiones aparentemente opuestas: el avance -percibido como inevitable- del desarrollo productivista y la preservación de las formas de vida tradicionales. Dicho equilibrio es ubicado dentro del marco del llamado desarrollo sostenible. No obstante, actuar dentro de este marco y asegurar su viabilidad a largo plazo depende en gran medida del acceso a apoyos externos.
Cuando dicho apoyo no proviene de las autoridades estatales, cuyas agendas suelen favorecer prácticas extractivas e intensivas alineadas con objetivos de crecimiento económico nacional, estas iniciativas se ven obligadas a recurrir a la cooperación internacional. Esta situación resulta problemática en la medida en que reproduce esquemas unilaterales de cooperación que pueden reforzar dinámicas desiguales de poder entre “donantes” y “beneficiarios”, socavando la autonomía de estos últimos y perpetuando condiciones de dependencia.
Resistencia cultural desde las bases
A pesar de las crecientes presiones que enfrentan las comunidades indígenas Kamëntsá y de las amenazas persistentes sobre sus territorios, están surgiendo iniciativas de base orientadas a salvaguardar su cultura, las cuales comienzan a recibir reconocimiento dentro de instancias locales. El Taita Carlos y su familia forman parte de la Corporación Jajañ, una iniciativa familiar sin ánimo de lucro dedicada a proteger y fortalecer los principios, valores, sistemas de conocimiento y prácticas tradicionales que sustentan los derechos de su comunidad en ámbitos como el territorio, la cultura, el arte, el medio ambiente, la soberanía alimentaria, la vida colectiva y la autonomía. A través de su labor, la organización busca garantizar la continuidad del pueblo Kamëntsá Biya mediante la afirmación de su identidad cultural y de sus derechos ancestrales.
La corporación también colabora con la Escuela Rural Juan XXIII, donde promueve actividades de aprendizaje vivencial, como jornadas de limpieza de ríos y observación directa de ecosistemas acuáticos. La conservación del agua se fomenta asimismo mediante prácticas creativas como danzas y cantos, interpretados in situ por niños y niñas de distintas edades, integrando el cuidado ambiental en la expresión cultural cotidiana y fortaleciendo la transmisión intergeneracional de saberes.

Sibundoy
Sibundoy es un municipio ubicado en la región del Alto Putumayo, situado en el valle conocido por sus habitantes originarios como Tabanok (bëngbe waman: lugar de morada, origen y retorno). De entre los pueblos originarios, el Kamëntsá es el más representativo de la zona, seguido por el pueblo Inga.
El valle ha sido históricamente un territorio estratégico para conquistadores españoles, misioneros católicos, caucheros y, más recientemente, agricultores mestizos. Situado en el punto de convergencia entre las regiones andina y amazónica, su rica diversidad botánica ha despertado el interés de empresas farmacéuticas, al tiempo que constituye un elemento central en las prácticas de sanación de los médicos tradicionales (taitas).
El pueblo Kamëntsá ejerce su derecho de autogobierno a través del Cabildo, practica la siembra del viento y del agua, obtiene su alimento de la chagra (jajañ en lengua ancestral) -huertos familiares de subsistencia donde se cultivan diversas especies bajo principios de agrobiodiversidad- y se comunica con los ancestros y los seres de la naturaleza mediante rituales y ceremonias como la toma de yagé. El eje territorio–lengua–pensamiento propio constituye el pilar central de su ontología. Por ello, la identidad cultural Kamëntsá es inseparable del territorio ancestral que habitan, sostenido intrínsecamente por la naturaleza que lo conforma.
Como ocurre en muchas otras regiones de Colombia, el valle se encuentra actualmente amenazado por un modelo de desarrollo extractivista promovido a través de políticas estatales y grandes corporaciones. Por un lado, la expansión del modelo agroalimentario industrial está transformando áreas boscosas en plantaciones de monocultivo y pastizales ganaderos, impulsando procesos de deforestación que afectan gravemente las fuentes hídricas y aceleran la dispersión de contaminantes. Por otro lado, la implementación del proyecto de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) está acelerando la pavimentación de la vía principal que conecta Nariño con Putumayo, poniendo en riesgo frágiles ecosistemas de páramo y requiriendo la reubicación de infraestructura eléctrica en proximidad a estos humedales altoandinos altamente sensibles.
Al mismo tiempo, la empresa multinacional AngloGold Ashanti ha recibido concesiones para explorar yacimientos de cobre y molibdeno en el Alto y Medio Putumayo —territorios ancestrales de los pueblos Inga y Kamëntsá—. Estas presiones se ven agravadas por el uso de sustancias tóxicas como el mercurio y el cianuro en los ríos Putumayo, Mocoa y Blanco para la extracción de oro y otros minerales, contaminando cursos de agua vitales y profundizando la vulnerabilidad socioecológica.
A medida que este modelo extractivista de “progreso” avanza sobre Tabanok, un número creciente de familias indígenas se ha visto empujado hacia formas de subsistencia urbanas. Además, quienes permanecen en las zonas altas enfrentan una aguda escasez de tierra: muchas sobreviven en minifundios, mientras que otras carecen por completo de acceso a tierra, lo que las obliga a arrendar pequeñas parcelas o a migrar hacia zonas más bajas.
Quienes logran permanecer continúan esforzándose por salvaguardar sus tradiciones y mantener vivos sus sistemas de conocimiento frente a presiones cada vez mayores. Tal es el caso de la familia de Loly Juajibioy. Sus padres viven en Tabanok, en una casa ubicada en la ladera de una colina dentro de un paisaje imponente conocido como Loma Visión. Este será nuestro punto de partida para conocer a esta familia y acercarnos a las realidades de otras personas que también habitan las contradicciones que el choque de ontologías ha traído al territorio.
El agua como entidad femenina
La hermana mayor de Loly, Olga, sentada con serenidad frente a la casa familiar, comparte con nosotros la visión del pueblo Kamëntsá que atribuye a los distintos elementos del ecosistema la condición de agentes actantes, todos ellos conformando una vasta, interconectada y compleja red dentro del territorio.
“Creo que el agua tiene su mansedumbre y también su furia, y nos ha hecho sentir ambas. Es mansa y amorosa, o armoniosa, cuando nos da vida y calma nuestra sed, y del mismo modo refresca la sed de la propia Madre Tierra. Pero también muestra su furia -o quizá más que furia, sea una forma de llamarnos la atención- cuando no la tratamos como se merece. Por eso, a veces, nos hace sentir su poder o su fuerza, a través de las crecientes que hemos vivido en nuestro territorio.”
— Olga Juajibioy —

El testimonio de Olga recoge quizá de forma más clara los elementos centrales de las ontologías relacionales en torno al agua, y refleja asimismo la interdependencia que las mujeres del pueblo Kamëntsá mantienen con este elemento, identificándose con su capacidad de sostener y reproducir la vida. Para Olga, el agua siente, el agua se enoja y el agua mantiene con los seres humanos una relación de reciprocidad.
De esta visión de interconexión surgen alternativas al desarrollo hegemónico, que abogan por un desarrollo desde la vida, capaz de otorgar espacio y beneficios a todas las formas de vida imbricadas en el territorio. Tanto Olga como Loly trabajan la relación entre cultura y naturaleza (culturaleza) como una vía para proteger el territorio Kamëntsá-Biyá en Sibundoy.

Territorios ancestrales en disrupción
A medida que ascendemos hacia las zonas ancestrales Kamëntsá conocidas como El Paramillo, se nos advierte que el paisaje ha cambiado. A lo largo del trayecto atravesamos tierras transformadas por monocultivos de lulo, áreas de bosque taladas para uso agrícola, pastizales y parches de vegetación más densa, hasta llegar al Cañón del Viento. Este lugar posee un significado particular en la cosmovisión Kamëntsá, pues allí se realizan prácticas de sanación, entre ellas la aeroterapia, aplicada a los pacientes que acuden al Taita. En esta zona cobra especial relevancia una capa vegetal retenedora de agua: un espeso manto de musgo, entrelazado con otras especies, que capta, almacena y libera el agua de manera gradual.
Este camino ha sido tradicionalmente recorrido a pie por miembros de la comunidad Kamëntsá, pero en los últimos años ha sufrido diversas intervenciones, como la apertura de vías para el transporte motorizado. Asimismo, se ha incrementado el número de turistas y visitantes que se dirigen hacia la Laguna de los Valles. Algunos de ellos, como explica el Taita Carlos, han introducido prácticas contaminantes que contrastan fuertemente con los principios ecológicos sostenidos por los ancestros Kamëntsá, sumándose a las presiones derivadas de una agricultura cada vez más intensificada.
“También estamos sobre el camino ancestral de nuestros abuelos, de hace 150 o 200 años, que venían desde el Valle de Sibundoy hacia las montañas. Hoy en día, sin embargo, tenemos dificultades con algunos propietarios de tierras, porque están realizando mucha tala de madera, cortando árboles nativos, lo que está generando erosión. El mensaje que quiero dar a la gente, a los seres humanos, es que ojalá sigamos manteniendo el equilibrio entre el ser humano, la tierra, la naturaleza y el espacio.”
— Taita Carlos —

A través del recorrido y las palabras del Taita, se hace visible una trama de relaciones entre el agua y el territorio, que revela la coexistencia de formas contrapuestas de comprender el mundo. Tras la colonización, muchas prácticas tradicionales fueron abandonadas y sustituidas por otras externas ,principalmente introducidas por colonos, arraigadas en un modelo de desarrollo basado en la explotación de los “recursos” naturales.
Esto ha generado profundos conflictos entre quienes conciben el territorio como un espacio vivo y relacional que sostiene la vida, y quienes lo entienden como un recurso material susceptible de uso intensivo con fines de productividad económica. El Taita subraya la profunda interconexión entre los seres humanos, la tierra, la naturaleza y el espacio, entendidos como un continuo: una red de relaciones que debe sostenerse para preservar el equilibrio natural.
Transformación del entramado agua-territorio
Durante una breve caminata a lo largo del río Hidráulica, una quebrada que en el pasado abastecía con agua limpia a numerosas familias de Sibundoy, Doña Clema, esposa del Taita Carlos, y Loly reflexionan sobre los cambios presenciados en las últimas décadas. Antiguamente fuente vital de agua potable y de pesca, el río ha ido perdiendo progresivamente tanto su calidad como su caudal. Este deterioro se vincula estrechamente con la precariedad del saneamiento municipal y con un patrón más amplio de desatención institucional. En la actualidad, Sibundoy y otros municipios aguas arriba vierten sus aguas grises directamente en su cauce.
En respuesta, el Cabildo Kamëntsá y la Corporación Jajañ han impulsado esfuerzos colectivos para restaurar la Hidráulica mediante iniciativas como la siembra de vegetación en sus riberas y la organización de jornadas comunitarias de limpieza. Sin embargo, la contaminación persiste y las enfermedades de origen hídrico -incluidas afecciones diarreicas que afectan a comunidades rurales situadas aguas abajo- continúan siendo motivo de preocupación. Sin la participación efectiva de las autoridades públicas, estas iniciativas comunitarias enfrentan serias limitaciones para abordar el problema en su raíz.
La situación del río Hidráulica no es un caso aislado. Como explica el Taita Carlos, las deficiencias en materia de saneamiento se hacen especialmente evidentes en Balsayaco, donde confluyen los ríos del valle de Sibundoy. Estos desafíos se ven agravados por la escorrentía de sedimentos provenientes de fincas campesinas en la cordillera circundante, fenómeno que, sumado al vertimiento de aguas residuales urbanas, reduce tanto la disponibilidad como la calidad del agua destinada al uso agrícola de las familias indígenas que habitan en las zonas más bajas.
Aunque los llamados a las autoridades son constantes, las respuestas suelen percibirse como lentas e insuficientes. Intervenciones previas, financiadas mediante créditos comunitarios, no lograron ofrecer soluciones duraderas. Una vez más, la esperanza se deposita en las organizaciones de base y en los colectivos indígenas. Como señala el Taita Carlos, este trabajo se fundamenta en los conocimientos y prácticas heredados de sus ancestros.
“Entonces nuestros abuelos decidieron construir un acueducto en la parte alta del resguardo, y hasta el día de hoy ese acueducto sigue llevando el agua por tuberías hasta cada hogar. Cerca del 95 % de las familias reciben agua por tubería, pero no está tratada con cloro ni nada por el estilo: es agua natural, completamente natural. Y realmente hay una diferencia entre el agua urbana, del acueducto urbano, y el agua rural, del acueducto rural.”
- Taita Carlos -
Los testimonios del Taita Carlos, Olga y Clema evidencian la existencia de dos conflictos entrelazados. En primer lugar, la transferencia de la gestión del agua a autoridades municipales -desvinculadas de las realidades territoriales y la diversidad cultural- ha reforzado relaciones desiguales entre lo urbano y lo rural, donde las comunidades indígenas y campesinas asumen los costos de un saneamiento inadecuado. Un sistema hídrico que anteriormente sostenía la vida local ha sido transformado en canal de drenaje, sustituido por un modelo de acueducto urbano que entra en tensión con las concepciones indígenas del agua como entidad viva.
En segundo lugar, los problemas de contaminación y saneamiento operan a escala regional, afectando no solo la calidad del agua, sino también los ecosistemas y los medios de vida agrícolas tradicionales. En conjunto, estos conflictos revelan una disputa más amplia sobre cómo se entiende, se gobierna y se vive el agua, poniendo de manifiesto la tensión entre modelos de gestión tecnocráticos y formas relacionales y holísticas de habitar el territorio.

El desarrollo sostenible como atajo
No muy lejos de la casa del Taita Carlos y su familia, nos recibe Florentino Quinchoa, médico tradicional inga y amigo cercano de la familia. Junto con su esposa e hijo, Florentino dirige desde 2013 un pequeño emprendimiento familiar de cría de trucha, ubicado en una zona rural cercana al corregimiento de San Pedro, en Sibundoy. La familia decidió deliberadamente establecerse en el ámbito rural. En los centros municipales, las oportunidades económicas son escasas, los empleos agrícolas suelen ser temporales y de difícil acceso, y la tierra está disponible principalmente para quienes pueden costearla -en su mayoría, personas externas al territorio-. Además, estas oportunidades tienden a responder a modelos de producción intensiva altamente dependientes de insumos químicos, lo que entra en conflicto directo con los intereses de Florentino y con la continuidad de la chagra como base de producción y consumo familiar.
Ante esta situación, y tras observar cómo la minería artesanal —oficio de su padre— fue estigmatizada y criminalizada, Florentino optó por la piscicultura de trucha como medio de subsistencia. Sin embargo, expresa su preocupación por no poder competir con modelos de producción más intensivos, que generan mayores ganancias y reciben mayor respaldo estatal. Para Florentino, al igual que para otros líderes indígenas, existe una responsabilidad compartida de reorientar recursos hacia alternativas locales que emergen desde el propio territorio.
Los testimonios de Florentino y su familia evidencian un proceso de hibridación cultural que parece necesario para garantizar la subsistencia familiar en un contexto que los sitúa en desventaja. Este proceso implica buscar un equilibrio entre dos visiones aparentemente opuestas: el avance -percibido como inevitable- del desarrollo productivista y la preservación de las formas de vida tradicionales. Dicho equilibrio es ubicado dentro del marco del llamado desarrollo sostenible. No obstante, actuar dentro de este marco y asegurar su viabilidad a largo plazo depende en gran medida del acceso a apoyos externos.
Cuando dicho apoyo no proviene de las autoridades estatales, cuyas agendas suelen favorecer prácticas extractivas e intensivas alineadas con objetivos de crecimiento económico nacional, estas iniciativas se ven obligadas a recurrir a la cooperación internacional. Esta situación resulta problemática en la medida en que reproduce esquemas unilaterales de cooperación que pueden reforzar dinámicas desiguales de poder entre “donantes” y “beneficiarios”, socavando la autonomía de estos últimos y perpetuando condiciones de dependencia.
Resistencia cultural desde las bases
A pesar de las crecientes presiones que enfrentan las comunidades indígenas Kamëntsá y de las amenazas persistentes sobre sus territorios, están surgiendo iniciativas de base orientadas a salvaguardar su cultura, las cuales comienzan a recibir reconocimiento dentro de instancias locales. El Taita Carlos y su familia forman parte de la Corporación Jajañ, una iniciativa familiar sin ánimo de lucro dedicada a proteger y fortalecer los principios, valores, sistemas de conocimiento y prácticas tradicionales que sustentan los derechos de su comunidad en ámbitos como el territorio, la cultura, el arte, el medio ambiente, la soberanía alimentaria, la vida colectiva y la autonomía. A través de su labor, la organización busca garantizar la continuidad del pueblo Kamëntsá Biya mediante la afirmación de su identidad cultural y de sus derechos ancestrales.
La corporación también colabora con la Escuela Rural Juan XXIII, donde promueve actividades de aprendizaje vivencial, como jornadas de limpieza de ríos y observación directa de ecosistemas acuáticos. La conservación del agua se fomenta asimismo mediante prácticas creativas como danzas y cantos, interpretados in situ por niños y niñas de distintas edades, integrando el cuidado ambiental en la expresión cultural cotidiana y fortaleciendo la transmisión intergeneracional de saberes.













