Putumayo-Colombia
Tensiones y resistencias en torno al agua en la antesala de la Amazonía
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Este es un reportaje sobre cómo el agua es valorada, utilizada y disputada en el departamento del Putumayo, Colombia. A partir de una expedición en 2019, analizamos cómo los intereses en torno al agua generan impactos ecológicos y sociales, pero también transformaciones profundas en las formas de entender y relacionarse con el territorio.
La iniciativa se suma al proyecto Ecocrítica y ecothriller: negociaciones en América Latina y el Norte Global de la Universidad de Siegen, financiado por la DFG (Deutsche Forschungsgemeinschaft) y orientado a cartografiar conflictos ambientales en América del Sur y Centroamérica. Aunque esta experiencia se sitúa específicamente en Putumayo, las dinámicas observadas resuenan en múltiples regiones de Colombia donde conflictos similares configuran las relaciones entre cultura, naturaleza y territorio y generan tensiones entre los grupos sociales que las habitan.
¿Cómo empezó todo?
En 2019, un pequeño equipo liderado por dos jóvenes investigadores, Nils Neuman y Verónica Rebollo, emprendió una expedición al departamento del Putumayo con un objetivo definido: documentar las relaciones entre las personas y el agua, los distintos usos y significados que se le atribuyen, y los conflictos hidrosociales que emergen cuando diversas realidades, formas de habitar el territorio e intereses coexisten y chocan.
Este viaje dio lugar a múltiples resultados, algunos de ellos inesperados. El primero y más significativo fue la incorporación de una nueva integrante al equipo: Loly Nereida, mujer del pueblo Kamëntsá y socióloga formada en la Universidad de Caldas. Loly desempeñó un papel fundamental como guía y mediadora, abriendo las puertas de su hogar y el de su familia, y compartiendo conocimientos esenciales para comprender el territorio y sus complejidades.
El proyecto también propició colaboraciones entre personas, colectivos e instituciones de Putumayo y Europa, materializadas a través de charlas, seminarios, visitas y foros destinados a visibilizar realidades que a menudo permanecen fuera del foco de la comunidad internacional. Estas alianzas continúan abiertas y en construcción, impulsadas por el deseo compartido de seguir abordando conjuntamente estas problemáticas tan complejas.
En tercer lugar, el proyecto adquirió un alcance más amplio del previsto. Lo que comenzó como un ejercicio de documentación audiovisual derivó en trabajos académicos y en una reflexión más amplia sobre cómo comunicar de manera efectiva tanto el proceso como sus aprendizajes.
El proyecto audiovisual inspiro el Trabajo de Fin de Máster de Estudios Avanzados de Antropología Social y Cultural de Verónica Rebollo titulado Cartografía de los conflictos ontológico-políticos en torno al agua en el departamento del Putumayo (Colombia) de la Universidad Complutense de Madrid, dirigido por la profesora Laura Calle Alzate. Así como el al trabajo final de pregrado de Nils Neumann Narrativas del agua en la periferia de la globalización. Voces indígenas, afrocolombianas, campesinas y urbanas desde el departamento del Putumayo (Colombia) de la Universidad de Friburgo, dirigida por el profesor Hermann Herlinghaus. Ambos trabajos se pueden consultar bajo petición a: info@puentecolectivo.com
Este sitio web surgió como respuesta a esa necesidad, sumándose a la iniciativa de cartografía de conflictos ambientales en América del Sur impulsada por la profesora Yasmin Temelli de la Universidad de Siegen.
Esperamos poder reflejar de la manera más fiel posible las voces y perspectivas de las muchas personas que, de forma voluntaria y generosa, decidieron colaborar en el proyecto —ya fuera concediendo entrevistas, mostrando sus iniciativas, conectándonos con otras personas y lugares, o abriéndonos las puertas de sus hogares—. La red de colaboradores que sustenta este proyecto ha continuado creciendo de manera constante desde entonces.
Introducción
Las comunidades humanas se han articulado desde tiempos inmemoriales en torno a cuerpos de agua —mares, lagos, grandes ríos y sus afluentes— que han sustentado actividades esenciales como la pesca, la agricultura, la salud pública o el transporte. Más allá de su función material para la supervivencia humana, el agua ocupa también un lugar central en la cosmovisión y ontología de numerosos pueblos.
En el marco del pensamiento occidental moderno, el agua ha sido despojada en gran medida de su dimensión espiritual y cosmológica, reduciéndose su valor al de un recurso que puede gestionarse y mercantilizarse a voluntad. Este proceso ha implicado su separación tanto del ecosistema del que forma parte como del propio ciclo hidrológico, fragmentando las relaciones entre el agua, los territorios y las comunidades que los habitan.
Este enfoque ha logrado consolidarse como hegemónico a escala global. Como resultado, se siguen desarrollando actividades que entran en conflicto con aquellas formas de relación con el agua que le atribuyen significados sociales y espirituales. Esta situación genera tensiones persistentes en torno a su uso, acceso y gobernanza, y revela dinámicas de poder que favorecen a algunos grupos sociales mientras vulneran a otros. Aquí penetramos en el mundo de la ecología política, y más aún, de la ontología política.
Colombia ha estado marcada por dinámicas extractivistas desde el período colonial. Sus pueblos indígenas han sido históricamente despojados de sus territorios y medios de vida —un proceso que no sólo ha persistido, sino que se ha intensificado bajo la globalización contemporánea—. os territorios del país han estado expuestos durante largo tiempo a intereses superpuestos y, con frecuencia, en competencia, agudizados por el extractivismo En territorios ricos en recursos naturales altamente rentables, estas dinámicas tienden a atraer actores que buscan ejercer control sobre los mismos, sentando las bases de conflictos duraderos y procesos de degradación ambiental y social
El departamento del Putumayo encarna muchas de estas tensiones. Ubicado en el sur de Colombia, en la frontera con Ecuador y Perú, este territorio predominantemente forestal, hogar de una extraordinaria diversidad biocultural, ha sido sistemáticamente objeto de emprendimientos coloniales y extractivos, desde el caucho y la madera hasta el oro y el petróleo. Más recientemente, Putumayo se ha convertido también en un punto caliente del conflicto armado colombiano, marcado por la presencia continuada del narcotráfico y de otros actores armados que compiten por el control territorial al abrigo de las vastas extensiones de bosque.
Al mismo tiempo, Putumayo es hogar de quince pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y poblaciones campesinas provenientes de otras regiones del país, que tratan de sostener sus formas de vida a pesar de las tensiones. Cada uno de estos ostenta su propia cosmología, emplea medios propios de subsistencia y de comprender y habitar el mundo.
Paradójicamente, aunque se trata de una de las regiones más lluviosas del planeta y origen de grandes sistemas hídricos como el río Putumayo y la cuenca amazónica, las dinámicas extractivistas han convertido el acceso al agua limpia en un privilegio inalcanzable para gran parte de la población.
El departamento del Putumayo
El departamento del Putumayo se ubica en el extremo suroccidental de Colombia y abarca una superficie aproximada de 2,6 millones de hectáreas. Toma su nombre del río Putumayo, que atraviesa el territorio desde las estribaciones orientales de los Andes —donde nace— hasta verterse en el río Amazonas, conformando una frontera líquida entre Ecuador y Perú. Al norte y al oriente, limita con los departamentos de Nariño, Cauca, Caquetá y Amazonas.

Se trata de una región marcada por un notable gradiente ecosistémico: desde la zona alta pre-andina —dominada por bosques húmedos y páramos en áreas montañosas— hasta el piedemonte amazónico y las extensas planicies de selva tropical de la Amazonía baja. Esta diversidad biofísica se refleja también en su organización político-administrativa: el Putumayo se divide en 13 municipios agrupados en tres subregiones. El Alto Putumayo, en la franja pre-andina (Sibundoy, Colón, Santiago y San Francisco); el Medio Putumayo, en el piedemonte amazónico (Mocoa, Puerto Guzmán y Villagarzón); y el Bajo Putumayo, en las llanuras amazónicas (Puerto Asís, Puerto Leguízamo, Orito, Valle del Guamuez, San Miguel y Caicedo.
La humedad domina la región, con precipitaciones constantes a lo largo del año, que sostienen amplias coberturas boscosas (alrededor del 51 % de la superficie) y una densa red hidrográfica compuesta por 41 ríos, además de innumerables quebradas y fuentes de menor caudal. Destaca entre ellos el río Putumayo, una importante vía fluvial que, junto al río Amazonas, conecta las cuencas del Pacífico y el Atlántico. Esta condición convierte al territorio en un enclave estratégico para el comercio nacional, articulado en torno a puertos como Puerto Asís y Puerto Leguízamo, por los que circulan diariamente bienes y personas.
La diversidad étnica y cultural constituye otra de las particularidades del Putumayo. El territorio es hogar de quince pueblos indígenas, algunos asentados desde épocas prehispánicas —como los Kamëntsá en el valle de Sibundoy, los Kofán en el suroccidente de la región y los Siona en zonas próximas a la frontera con Ecuador— y otros llegados posteriormente. A esta diversidad se suman comunidades afrodescendientes y colonos procedentes del interior del país, que arribaron en sucesivas oleadas atraídas por oportunidades económicas asociadas al oro, la quina, el petróleo o más recientemente, las actividades agrarias. El territorio alberga también comunidades indígenas y campesinas desplazadas de otros departamentos por el conflicto armado, la crisis del minifundio. la disolución de resguardos indígenas de Nariño y la rápida expansión de las urbes.
La encomienda fue un sistema de trabajo y tributo impuesto por la Corona española en América durante el período colonial. Bajo este régimen, los colonos españoles (encomenderos) recibían el derecho a exigir trabajo, tributos o bienes a las comunidades indígenas que habitaban en un territorio determinado.
La colonización de la región — inicialmente impulsada por misiones católicas— se intensificó en el siglo XIX por el interés estatal en explotar recursos como la quina y el caucho, dando inicio a un modelo extractivista que se consolidaría durante el siglo XX. Más adelante, la construcción de la carretera Pasto–Mocoa–Puerto Asís, en el contexto del conflicto colombo-peruano, aceleró la llegada de actores externos y la incorporación del territorio a las dinámicas nacionales de explotación económica.
En este proceso, el Estado estableció acuerdos con empresas privadas que otorgaron derechos de explotación sobre amplias zonas del territorio, abriendo paso, desde la década de 1960, a la extracción de oro y petróleo. Las consecuencias de esta expansión son ampliamente conocidas: deforestación, alteración de ríos y humedales, pérdida de biodiversidad y profundas transformaciones en las formas de vida locales.
Más recientemente, una iniciativa de ingeniería a gran escala conocida como la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA) ha suscitado serias preocupaciones debido a su magnitud y a su paso por ecosistemas delicados Basada en sistemas de transporte multimodales (que comprenden rutas terrestres, aéreas y marítimas, así como infraestructura energética de apoyo), se organiza en nueve grandes ejes que conectan regiones y recursos estratégicos con grandes mercados. Uno de los ejes afecta a la región del Putumayo, materializándose en tres proyectos específicos:

Corredor Multimodal Pasto–Mocoa:
Considerado un proyecto emblemático, este corredor busca conectar el sur de Colombia con el río Putumayo, fortaleciendo los vínculos comerciales con Ecuador, Perú y Brasil, e integrando los territorios andinos y amazónicos.
Acceso a la Hidrovía del Putumayo:
Esta iniciativa tiene como objetivo mejorar la navegabilidad del río Putumayo y modernizar la infraestructura portuaria en Puerto Asís, permitiendo la expansión del transporte fluvial comercial a lo largo de la cuenca amazónica.
Variante San Francisco–Mocoa:
Parte de la red vial más amplia de la IIRSA, esta vía conecta el altiplano andino con la región amazónica. Su construcción enfrenta importantes desafíos técnicos y ambientales, ya que atraviesa reservas forestales protegidas y ecosistemas altamente sensibles.
Los detractores del proyecto sostienen que la infraestructura de la IIRSA no solo atraviesa y fragmenta territorios ancestrales, sino que también debilita las economías locales de subsistencia y las redes comunitarias que las sostienen.
Aunque cerca del 89 % del territorio del Putumayo se encuentra bajo alguna figura de protección ambiental, en la práctica muchas de las actividades que allí se desarrollan permanecen escasamente reguladas o son abiertamente ilegales. En este contexto, el cultivo de hoja de coca para la producción de cocaína se ha consolidado en las últimas décadas, favorecido por la densidad de los bosques fronterizos y la limitada presencia estatal. Esta situación ha intensificado las disputas por el control territorial y ha exacerbado conflictos sociales y armados preexistentes, que a su vez se ven atravesados por los intereses económicos vinculados al proyecto IIRSA.
Asimismo, la expansión de los “megaproyectos” como este ha contribuido a profundizar los patrones de violencia contra líderes sociales y activistas que denuncian las violaciones de derechos humanos y de la naturaleza a manos de multinacionales y narcotráfico. La persistente ola de asesinatos de líderes indígenas, campesinos y afrodescendientes constituye una de las crisis de derechos humanos más graves del país.

Según el informe Environmental Leaders Murdered del Observatorio de Derechos Humanos y Conflictividades Sociales de INDEPAZ, 611 líderes ambientales fueron asesinados entre la firma del Acuerdo de Paz y el 14 de septiembre de 2021. Entre las víctimas se registran 332 líderes indígenas, 75 afrodescendientes, 102 campesinos, 25 activistas ambientales y 77 integrantes de Juntas de Acción Comunal a nivel nacional. De estos casos, 25 ocurrieron en el departamento del Putumayo.
Este entramado de dinámicas ha tenido consecuencias directas sobre los sistemas hidrológicos de la región. Ríos y quebradas cumplen simultáneamente múltiples roles: son entidades vivas dotadas de agencia, fuentes de sustento, infraestructuras de transporte, soporte de actividades productivas y, al mismo tiempo, receptores de las cargas contaminantes que en ellos se vierten y acumulan. Esta multiplicidad de funciones sitúa al agua en el centro de numerosas disputas territoriales. Los conflictos de uso se agravan por una planificación territorial deficiente, estrategias de gestión fragmentadas, escasa representación y cooperación entre los actores llamados a decidir sobre el manejo hídrico, y una conciencia socioambiental todavía insuficiente en gran parte de la ciudadanía.

Contaminación por hidrocarburos en cuerpos de agua

Pozo petrolero

Canalización de cursos de agua

Planificación urbana ineficiente

Ganadería de búfalos

Laboratorio clandestino para la producción de cocaína

Vertedero abierto de residuos sólidos

Efectos del relleno sanitario en el suelo

Empresa de abastecimiento de agua bajo mínimos
El Recorrido
La ruta sigue el curso del agua — y los relatos que se tejen en torno a ella— a través de la diversidad del Putumayo. Comienza en Sibundoy (Tabanok), territorio ancestral de los pueblos Kamëntsá e Inga, cuyas formas de vida coexisten con la presión extractivista. Desde allí, el recorrido avanza hacia Mocoa, un núcleo urbano en rápida expansión, donde las relaciones entre seres humanos y naturaleza se han visto marcadas por episodios de violentos deslizamientos e inundaciones agravados por una planificación urbana y zonificación de usos de suelo ineficiente, que además pone en peligro el acceso al agua de los más vulnerables.
La ruta continúa hacia Orito, un enclave estratégico para la industria petrolera, donde las infraestructuras extractivas se entrecruzan con comunidades multiétnicas desplazadas desde otros territorios. Desde Orito, el recorrido se dirige a Versabal, una comunidad afrodescendiente aislada, rodeada por vastas extensiones de bosque, donde el agua ocupa un lugar central en la vida cotidiana, la movilidad y la supervivencia.
El viaje prosigue en Puerto Asís, importante puerto comercial del río Putumayo y puerta de entrada al bajo Putumayo y a la cuenca amazónica, finalizando en Puerto Leguízamo.
Tabanok / Sibundoy
Tabak (bëngbe waman: lugar de morada, origen y retorno), lugar de origen del Pueblo Kamënsta Biyá, conocido actualmente como Valle de Sibundoy es un municipio ubicado en la región del Alto Putumayo. De entre los pueblos originarios, el Kamëntsá es el más representativo de la zona, seguido por el pueblo Inga.
El valle, que originalmente fue una laguna, ahora desecada, y cuyas fuentes hídricas, entre ellas el Río Putumayo fueron canalizadas, ha sido históricamente un territorio estratégico para conquistadores españoles, misioneros católicos, caucheros y, más recientemente, agricultores mestizos. Situado en el punto de convergencia entre las regiones andina y amazónica, su rica diversidad botánica ha despertado el interés de empresas farmacéuticas, al tiempo que constituye un elemento central en las prácticas de sanación de los médicos tradicionales (taitas).
El pueblo Kamëntsá ejerce su derecho de autogobierno a través del Cabildo, practica la siembra del viento y del agua, obtiene su alimento de la chagra (jajañ en lengua ancestral) donde se cultivan diversas especies bajo principios de agrobiodiversidad— y se comunica con los ancestros y los seres de la naturaleza mediante rituales y ceremonias como la toma de yagé. El eje territorio–lengua–pensamiento propio constituye el pilar central de su ontología. Por ello, la identidad cultural Kamëntsá es inseparable del territorio ancestral que habitan, estrechamente imbricado con la naturaleza que lo conforma.
Como ocurre en muchas otras regiones de Colombia, el valle se encuentra actualmente amenazado por un modelo de desarrollo extractivista promovido a través de políticas estatales y en beneficio de grandes corporaciones. Por un lado, la expansión del modelo agroalimentario industrial está transformando áreas boscosas en plantaciones de monocultivo y pastizales ganaderos, impulsando procesos de deforestación que afectan gravemente las fuentes hídricas y aceleran la dispersión de contaminantes. Por otro lado, la implementación del proyecto de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) está acelerando la pavimentación de la vía principal que conecta Nariño con Putumayo, poniendo en riesgo frágiles ecosistemas de páramo y requiriendo la reubicación de infraestructura eléctrica en proximidad a estos humedales altoandinos altamente sensibles.
Al mismo tiempo, la empresa multinacional AngloGold Ashanti ha recibido concesiones para explorar yacimientos de cobre y molibdeno en el Alto y Medio Putumayo. Estas actividades acarrean el uso de sustancias tóxicas como el mercurio y el cianuro en los ríos Putumayo, Mocoa y Blanco para la extracción de oro y otros minerales, contaminando cursos de agua vitales y profundizando la vulnerabilidad socioecológica.
A medida que este modelo de “progreso” avanza sobre Tabanok, un número creciente de familias indígenas se ha visto empujado a adoptar formas de subsistencia urbanas. Además, quienes permanecen en las zonas altas enfrentan una aguda escasez de tierra: muchas sobreviven en minifundios, mientras que otras carecen por completo de acceso a tierra, lo que las obliga a arrendar pequeñas parcelas o a migrar hacia zonas más bajas.
Quienes logran permanecer continúan esforzándose por salvaguardar sus tradiciones y mantener vivos sus sistemas de conocimiento frente a presiones cada vez mayores. Tal es el caso de la familia de Loly,que habita en las afueras del casco urbano, en una casa ubicada en las faldas de un paisaje imponente. Este será nuestro punto de partida para conocer a esta familia y acercarnos a las realidades de otras personas que también habitan las contradicciones que el choque de ontologías ha traído al territorio.
El agua como agente actante
La hermana menor de Loly, Olga, está sentada con serenidad frente a la casa familiar. En una conversación comparte con nosotros la cosmovisión del pueblo Kamëntsá, que atribuye a los distintos elementos del ecosistema la condición de agentes con entidad propia, todos ellos conformando una vasta, interconectada y compleja red dentro del territorio.
“Creo que el agua tiene su mansedumbre y también su furia, y nos ha hecho sentir ambas. Es mansa y amorosa, o armoniosa, cuando nos da vida y calma nuestra sed, y del mismo modo refresca la sed de la propia Madre Tierra. Pero también muestra su furia -o quizá más que furia, sea una forma de llamarnos la atención- cuando no la tratamos como se merece. Por eso, a veces, nos hace sentir su poder o su fuerza, a través de las crecientes que hemos vivido en nuestro territorio.”
— Olga—

El testimonio de Olga recoge quizá de forma más clara los elementos centrales de las ontologías relacionales, y refleja asimismo la interdependencia que las mujeres del pueblo Kamëntsá mantienen con el agua, identificándose con su capacidad de sostener y reproducir la vida. Para Olga, el agua siente, el agua se enoja y el agua mantiene con los seres humanos una relación de reciprocidad.
De esta visión de interconexión surgen alternativas al desarrollo hegemónico, que abogan por un desarrollo desde la vida, capaz de otorgar espacio y beneficios a todas las formas de vida imbricadas en el territorio. Tanto Olga como Loly trabajan la relación entre cultura y naturaleza (culturaleza) como una vía para proteger el territorio Kamëntsá-Biyá en Sibundoy.
Territorios ancestrales en disrupción
A medida que ascendemos hacia las zonas ancestrales Kamëntsá conocidas como El Paramillo, se nos advierte que el paisaje ha cambiado. A lo largo del trayecto atravesamos tierras transformadas por monocultivos de lulo, áreas de bosque taladas para uso agrícola, pastizales y parches de vegetación más densa, hasta llegar al Cañón del Viento. Este lugar posee un significado particular en la cosmovisión Kamëntsá, pues allí se realizan prácticas de sanación, entre ellas la aeroterapia, aplicada a los pacientes que acuden al Taita. En esta zona cobra especial importancia “la colcha hídrica”, un espeso manto de musgo en sinergia con otras especies vegetales, que capta, retiene y almacena el agua.
Este camino ha sido tradicionalmente recorrido a pie por miembros de la comunidad Kamëntsá, pero en los últimos años ha sufrido diversas intervenciones, como la apertura de vías para el transporte motorizado. Asimismo, se ha incrementado el número de turistas y visitantes que se dirigen hacia la Laguna de los Valles. Algunos de ellos, como explica el Taita, han introducido prácticas contaminantes que contrastan fuertemente con los principios ecológicos sostenidos por los ancestros Kamëntsá.
“También estamos sobre el camino ancestral de nuestros abuelos, de hace 150 o 200 años, que venían desde el Valle de Sibundoy hacia las montañas. Hoy en día, sin embargo, tenemos dificultades con algunos propietarios de tierras, porque están realizando mucha tala de madera, cortando árboles nativos, lo que está generando erosión. El mensaje que quiero dar a la gente, a los seres humanos, es que ojalá sigamos manteniendo el equilibrio entre el ser humano, la tierra, la naturaleza y el espacio.”
— Taita Carlos —

A través del recorrido y las palabras del Taita, se hace visible la coexistencia de formas contrapuestas de comprender el mundo. Tras la colonización, muchas prácticas tradicionales fueron abandonadas y sustituidas por otras introducidas por colonos. Esto ha generado profundos conflictos entre quienes conciben el territorio como red de elementos vivos y no vivos, diálogo entre cultura y naturaleza , y quienes lo entienden como soporte físico de actividades productivas.
Transformación del entramado agua-territorio
Durante una breve caminata a lo largo del río Hidráulica, una quebrada que en el pasado abastecía con agua limpia a numerosas familias de Sibundoy, Doña Clementina, esposa del Taita, y Loly reflexionan sobre los cambios acaecidos en las últimas décadas. Antiguamente fuente vital de agua potable y de pesca, el río se ha tornado insalubre por la precariedad del saneamiento municipal. En la actualidad, Sibundoy y otros municipios aguas arriba vierten sus aguas grises directamente en su cauce.
En respuesta, el Cabildo Kamëntsá y la Corporación Jajañ han impulsado esfuerzos colectivos para restaurar la Hidráulica mediante iniciativas como la siembra de vegetación en sus riberas y la organización de jornadas comunitarias de limpieza. Sin embargo, la contaminación persiste y las enfermedades de origen hídrico —infecciones cutáneas y diarreicas entre otras— continúan siendo motivo de preocupación, especialmente en las comunidades rurales aguas abajo. Sin la participación efectiva de las autoridades públicas, estas iniciativas comunitarias enfrentan serias limitaciones para abordar el problema en su raíz.
La situación del río Hidráulica no es un caso aislado. Las deficiencias en materia de saneamiento se hacen especialmente evidentes en Balsayaco, donde confluyen los ríos del valle de Sibundoy. Estos desafíos empeoran por la escorrentía de sedimentos provenientes de fincas campesinas en la cordillera circundante, fenómeno que, sumado al vertimiento de aguas residuales urbanas, reduce tanto la disponibilidad como la calidad del agua destinada al uso agrícola de las familias indígenas que habitan en las zonas más bajas.
Aunque los llamados a las autoridades son constantes, las respuestas se perciben como lentas e insuficientes. Intervenciones previas, financiadas mediante créditos comunitarios, no lograron ofrecer soluciones duraderas. La esperanza se deposita en las organizaciones de base y en los colectivos sociales que operan en la zona.
“Entonces nuestros abuelos decidieron construir un acueducto en la parte alta del resguardo, y hasta el día de hoy ese acueducto sigue llevando el agua por tuberías hasta cada hogar. Cerca del 95 % de las familias reciben agua por tubería, pero no está tratada con cloro ni nada por el estilo: es agua natural, completamente natural. Y realmente hay una diferencia entre el agua urbana, del acueducto urbano, y el agua rural, del acueducto rural.”
- Taita Carlos -
La transferencia de la gestión del agua a autoridades municipales —desvinculadas de las particularidades culturales del territorio— ha reforzado relaciones desiguales entre lo urbano y lo rural, donde las comunidades indígenas y campesinas asumen los costos de un saneamiento inadecuado. Un sistema hídrico que anteriormente sostenía la vida local ha sido transformado en canal de drenaje, sujeto a un modelo de manejo urbano que entra en tensión con las concepciones del agua como entidad viva. En segundo lugar, los problemas de contaminación y saneamiento operan a escala regional, afectando no solo la calidad del agua, sino también los ecosistemas y los medios de vida agrarios tradicionales que se extienden más lejos en el territorio.
El desarrollo sostenible como atajo
No muy lejos de la casa del Taita Carlos y su familia, nos recibe F. Q., médico tradicional inga y amigo cercano de la familia. Junto con su esposa e hijo, F. dirige desde 2013 un pequeño emprendimiento familiar de cría de trucha, ubicado en una zona rural cercana al corregimiento de San Pedro, en Sibundoy. La familia decidió deliberadamente establecerse en el ámbito rural. En los centros municipales, las oportunidades económicas son escasas, los empleos agrícolas suelen ser temporales y de difícil acceso, y la tierra está disponible principalmente para quienes pueden costeársela —en su mayoría, personas externas al territorio—. Además, estas oportunidades tienden a responder a modelos de producción intensiva altamente dependientes de insumos químicos, lo que entra en conflicto directo con los intereses de Florentino y con la continuidad de la chagra como base de producción y consumo familiar.
Ante esta situación, y tras observar cómo la minería artesanal —oficio de su padre— fue estigmatizada y criminalizada, F. optó por la piscicultura de trucha como medio de subsistencia. Sin embargo, se frustra al no poder competir con modelos de producción más intensivos, que generan mayores ganancias y reciben mayor respaldo estatal. Para F., al igual que para otros líderes indígenas, existe una responsabilidad compartida de reorientar recursos hacia alternativas locales que emergen desde el propio territorio.
Los testimonios de F. y su familia evidencian un proceso de hibridación cultural que parece necesario para garantizar la subsistencia familiar en un contexto que los sitúa en desventaja. Este proceso implica buscar un equilibrio entre dos visiones aparentemente opuestas: el avance —percibido como inevitable— del desarrollo productivista y la preservación de las formas de vida tradicionales. Dicho equilibrio está ubicado dentro del marco del llamado desarrollo sostenible. No obstante, actuar dentro de este marco y asegurar su viabilidad a largo plazo depende en gran medida del acceso a apoyos externos.
Cuando dicho apoyo no proviene de las autoridades estatales, cuyas agendas suelen favorecer prácticas extractivas alineadas con objetivos de crecimiento económico nacional, estas iniciativas se ven obligadas a recurrir a la cooperación internacional. Esta situación resulta problemática en la medida en que reproduce esquemas unilaterales de cooperación que pueden reforzar dinámicas de poder desigual entre “donantes” y “beneficiarios”, socavando la autonomía de estos últimos y perpetuando condiciones de dependencia.
Una respuesta desde las bases
A pesar de las crecientes presiones que enfrentan las comunidades indígenas Kamëntsá y de las amenazas persistentes sobre sus territorios, están surgiendo iniciativas de base orientadas a salvaguardar su cultura, las cuales comienzan a recibir reconocimiento dentro de instancias locales. El Taita Carlos y su familia forman parte de la Corporación Jajañ, una organización social de base para las bases indígenas y campesinas sin ánimo de lucro dedicada a proteger y fortalecer los principios, valores, sistemas de conocimiento y prácticas tradicionales que sustentan los derechos de su comunidad en ámbitos como el territorio, la cultura, el arte, el medio ambiente, la soberanía alimentaria y la autonomía. A través de su labor, la organización busca garantizar la continuidad del pueblo Kamëntsá Biyá mediante la afirmación de su identidad cultural y de sus derechos ancestrales.
La corporación también colabora con la Escuela Rural Juan XXIII, donde promueve actividades de aprendizaje vivencial, como jornadas de limpieza de ríos y observación directa de ecosistemas acuáticos. La conservación del agua se fomenta asimismo mediante prácticas creativas como danzas y cantos, interpretados in situ por niños y niñas de distintas edades, integrando el cuidado ambiental en la expresión cultural cotidiana y fortaleciendo la transmisión intergeneracional de saberes.
Mocoa
Ubicada en el piedemonte amazónico y con aproximadamente 58.938 habitantes, según el DANE (2018–2020), Mocoa es la capital del departamento del Putumayo. Su economía se basa principalmente en la agricultura y el comercio, aunque en las últimas décadas la actividad petrolera se ha consolidado como un importante motor económico, atrayendo oleadas de población a la ciudad. Como resultado, Mocoa ha experimentado un rápido crecimiento demográfico y urbanístico, impulsado también por la llegada de personas desplazadas por el conflicto armado en departamentos vecinos, muchas de las cuales se han asentado en barrios informales.
Atravesada por los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco, la ciudad se hizo un hueco en titulares internacionales en marzo de 2017, cuando intensas lluvias provocaron el desbordamiento de los ríos, afectando a 17 barrios y causando más de 300 fallecimientos. La insuficiencia de infraestructura, la deficiente planificación urbana y la ineficaz gestión de cuencas agravaron la magnitud del desastre, impactando de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.
Aunque posteriormente se implementaron medidas de reconstrucción y gestión del riesgo en el marco del Plan de Ordenamiento Territorial, Mocoa continúa enfrentando problemas recurrentes relacionados con el agua, entre ellos inundaciones, deslizamientos, interrupciones en el suministro y otras alteraciones que afectan tanto al casco urbano como a las comunidades aledañas.
Tensiones entre conservación y extractivismo
Nos alojamos en la Reserva Natural de la Sociedad Civil Paway, una iniciativa privada de conservación gestionada por M. y su esposo, D. En 2011 adquirieron un predio de bosque nublado con el propósito de protegerlo frente a la explotación petrolera y maderera.
Sus intentos por obtener respaldo institucional han tenido resultados limitados. A su juicio, la conservación de la biodiversidad ocupa un lugar marginal en las agendas públicas, que con frecuencia priorizan la inversión extractiva. Señalan que el frágil equilibrio hidrológico de Mocoa se ve aún más comprometido por la deforestación en laderas y por la fragmentación de la acción institucional. Los vacíos normativos que se producen debido a políticas sectoriales que abordan los elementos naturales de forma aislada contribuyen a una degradación ecológica acumulativa.
Planificación urbana con
graves consecuencias
En Mocoa nos encontramos con una situación en la que viviendas precarias se alinean a lo largo de las riberas desprovistas de vegetación y de medidas de contención. El río se convierte además en receptor de contaminación urbana. Grandes tuberías descargan aguas residuales directamente en el río Mulato, mientras residentes cercanos continúan utilizando sus aguas para actividades de subsistencia e higiene.
Estas condiciones evidencian las consecuencias de una planificación urbana inadecuada, que reproduce desigualdades en el acceso a salud, saneamiento y vivienda segura. A pesar de la tragedia de Mocoa en 2017, numerosos asentamientos informales fueron reconstruidos en zonas de alto riesgo. Años después, algunos de sus habitantes continúan viviendo con las secuelas materiales y emocionales del desastre.
La gestión hídrica: un laberinto burocrático
En Colombia, la autoridad ambiental regional, Corpoamazonía, tiene la función de traducir los mandatos ambientales nacionales en acciones regionales y locales. En el ámbito del manejo del agua, esta traducción se materializa a través de instrumentos de planificación como los Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas (POMCA) y los Planes de Ordenamiento del Recurso Hídrico (PORH), estos últimos enfocados en sistemas fluviales específicos.
Sin embargo, dichos instrumentos se inscriben en una arquitectura de políticas más amplia en la que el gobierno nacional aborda la gestión de la naturaleza a través de un enfoque sectorial. Esta perspectiva segmentada tiende a invisibilizar la interdependencia y la interconexión de los sistemas naturales. Al concebir la naturaleza como un conjunto de “recursos”, desligados del resto de componentes del ecosistema, estas pautas de manejo reflejan una lógica antropocéntrica, fuertemente influenciada por prioridades económicas y orientadas al mercado.
“Entonces hablamos del agua como un recurso, hablamos del bosque como un recurso, hablamos del suelo como un recurso y hablamos del aire como un recurso, y creamos políticas separadas para cada uno. Esto, por supuesto, fragmenta nuestro enfoque y fragmenta una comprensión integrada de la naturaleza. Y una vez que la fragmentamos, se vuelve muy difícil entender que si diseño un instrumento orientado al agua, no solo beneficia al agua, sino al sistema en su conjunto…
— Funcionario de Corpoamazonía —
Este marco de gobernanza fragmentado incrementa la complejidad administrativa y los costos, al tiempo que limita la acción coordinada dentro de una misma administración y entre administraciones de distintos niveles gubernamentales. Las políticas gestionadas por distintas dependencias generan vacíos regulatorios y superposiciones institucionales que con frecuencia se traducen en conflictos en el territorio que favorecen a unos y perjudican a otros.
Si bien la gobernanza del agua se apoya en múltiples instrumentos -como los procesos de planificación PORH, la consulta previa obligatoria con autoridades indígenas, campañas de educación ambiental y sistemas de licenciamiento- los actores territoriales, incluidas comunidades indígenas y afrodescendientes, continúan teniendo un acceso limitado y esporádico a los procesos de toma de decisiones e implementación de las medidas demandadas.
El proceso de consulta previa es un mecanismo de diálogo y participación mediante el cual los pueblos indígenas o comunidades étnicas son consultados antes de aprobar proyectos, obras o medidas que puedan afectar sus territorios, derechos o formas de vida, con el fin de garantizar su participación informada y proteger sus intereses.
Minería en disputa
En 1982, el gobierno colombiano identificó un importante yacimiento de cobre y molibdeno en la región de Mocoa. Actualmente, este depósito es objeto de exploración por parte de la empresa canadiense Libero Copper, pese a reiterados mandatos gubernamentales que han ordenado la suspensión de dichas actividades. El proyecto ha generado una fuerte oposición por parte de comunidades locales y defensores ambientales, dado que el modelo propuesto se basa en minería a cielo abierto, con potenciales impactos ecológicos severos. Aunque la empresa sostiene que aplica prácticas sostenibles, comunidades indígenas y campesinas han denunciado afectaciones ambientales y la presunta ausencia de los permisos ambientales correspondientes.
En 2018, el Concejo Municipal de Mocoa aprobó un acuerdo que prohíbe la minería a gran escala en el municipio con el fin de proteger su patrimonio natural y cultural. En 2021, Corpoamazonia ordenó la suspensión de las labores de exploración, y la Agencia Nacional de Minería (ANM) emitió igualmente una orden de suspensión por falta de autorización adecuada. En 2022, un juez rechazó una demanda de nulidad interpuesta por la empresa y reiteró la obligación de suspender todas las actividades mineras y retirarse del territorio. No obstante, investigaciones posteriores revelaron que entre 2021 y 2022 continuaron actividades de exploración, incluyendo tala de árboles y manejo inadecuado de residuos de perforación, lo que motivó la apertura de una investigación penal por posibles delitos ambientales.
A inicios de 2025, la empresa habría avanzado un programa de perforación de 14.000 metros para evaluar el depósito, enmarcando sus acciones en un discurso de acuerdos comunitarios e inversión social. Mientras tanto, las presiones mineras han profundizado divisiones internas en las comunidades locales, entre quienes ven en la minería una oportunidad económica y quienes la consideran una amenaza cultural y ambiental. Las protestas y acciones de resistencia continúan, incluso en un contexto donde las prioridades nacionales en torno al suministro de minerales para infraestructuras de energías renovables complejizan la oposición local.
La activista ambiental C. C. V. se ha consolidado como una de las voces más críticas frente al proyecto. Además de la explotación a cielo abierto, la iniciativa minera contempla la extracción de arena y piedra del río Mocoa bajo una concesión que se extiende hasta 2043. Esta extracción ha desestabilizado las riberas y áreas circundantes, afectando directamente barrios del suroriente de la ciudad y amenazando ecosistemas de montaña que constituyen fuentes clave de agua. C. señala que la fuerte oposición comunitaria de 2018 y 2019 se debilitó durante la pandemia, cuando el desempleo permitió a la empresa ganar respaldo al ofrecer empleo a aproximadamente 150 personas.
Asimismo, advierte que la minería podría destruir ecosistemas frágiles que albergan especies en peligro como el oso de anteojos, la danta de páramo y numerosas aves, además de afectar reservas forestales y territorios indígenas cercanos. Entre los impactos potenciales menciona la contaminación del agua, la deforestación, la alteración del paisaje por las perforaciones, la erosión del lecho fluvial, riesgos para la salud, restricciones en el acceso al agua, desplazamientos forzados y fragmentación social.
- también alerta que las solicitudes de ampliación minera presentadas en 2021 por Libero Copper afectan áreas altamente sensibles donde nacen ríos que alimentan tanto el Putumayo como el Caquetá —este último, uno de los principales afluentes del Amazonas—. Considerando la presencia de múltiples fallas geológicas y riesgos de deslizamientos en Mocoa, sostiene que la minería a gran escala incrementa significativamente la vulnerabilidad a desastres ambientales. A través del colectivo “Ríos y Reconciliación”, busca una regulación más estricta de las actividades extractivas mediante herramientas jurídicas, entre ellas la Sentencia 4360, que reconoció a la Amazonía como sujeto de derechos.
Hasta la fecha, no existe un fallo definitivo que autorice de manera concluyente la minería a gran escala en la zona, y la movilización social para frenar el proyecto continúa.
Privatización de servicios públicos
Otro foco de tensión ha surgido con respecto a EMAS S.A.S., empresa de saneamiento urbano perteneciente a la multinacional Veolia, la cual ha sido encomendada la gestión de los residuos sólidos urbanos de Mocoa a través de un vertedero a cielo abierto que recibe el nombre de Parque Tecnológico Ambiental Wayra. El conflicto se concentra en la vereda Medio Afán, compuesta mayoritariamente por familias campesinas, cuyos habitantes denuncian afectaciones severas derivadas del lixiviado de residuos que contaminan la quebrada Medio Afán. Años de contaminación han desencadenado reiteradas protestas, incluyendo el bloqueo del acceso al relleno sanitario durante casi un mes en 2024. La comunidad ha solicitado realizar las investigaciones pertinentes a Corpoamazonia, señalando prácticas inadecuadas en la gestión de residuos.
A pesar de las denuncias formales y de la evidencia reportada sobre daños ambientales, miembros de la comunidad sostienen que la autoridad ambiental no ha adoptado medidas contundentes para frenar la degradación. Esta percepción de inacción regulatoria ha llevado a cuestionamientos sobre el compromiso institucional con la protección ambiental, señalando incluso posibles interferencias de intereses políticos.
En respuesta a estas críticas, la empresa afirma haber implementado diversas medidas de mitigación durante el período 2024–2025, respondiendo a las demandas de Corpoamazonia en 2019. Según comunicaciones corporativas, dichas acciones incluyen la continuidad en la recolección y limpieza urbana, iniciativas de participación comunitaria, actividades de educación ambiental, jornadas de limpieza, articulación con escuelas y organizaciones locales, y ajustes en los horarios de recolección.
No obstante, hasta la fecha persiste el activismo que reivindica el cierre definitivo del relleno sanitario, mientras los sectores más críticos sostienen que la operación continúa sin abordar las problemáticas sociales y ambientales generadas.
La Tierra como vientre gestante
M. nos conduce hasta la Casa de Encuentro de ASOMI, donde nos recibe M., mujer Kamëntsá del Valle de Sibundoy y exrepresentante legal de la organización. Sentadas en círculo, nos presenta ASOMI como un espacio de encuentro, diálogo y reflexión colectiva orientado a fortalecer la medicina tradicional desde el conocimiento y la cosmovisión de las mujeres indígenas. En este sentido, ASOMI cumple una doble función: revaloriza saberes femeninos desplazados por un modelo ideológico que relega el cuidado a un lugar secundario — reflejando los valores patriarcales que sostienen el extractivismo— y, al mismo tiempo, reivindica el papel de las mamitas como guardianas y transmisoras de conocimiento ancestral.
Junto a sus compañeras, M. ha observado un deterioro tanto en la disponibilidad como en la calidad del agua, lo que afecta la vitalidad de las plantas medicinales y, en consecuencia, la salud de las mujeres y sus familias. Explica que el abuso continuado sobre el territorio ha debilitado su capacidad para sostener la vida.
“…ya estamos experimentando muerte prematura; ahora es raro que alguien llegue a los 80 o 90 años o más. Es por esta misma razón: nuestra madre está enferma, ya no puede soportar seguir alimentándonos, como cuando la leche de una madre se seca y ya no puede nutrir a su bebé. De la misma manera es la Madre Tierra: se siente débil, se siente enferma, se siente agotada, porque ya no tiene su sangre, como el agua o el petróleo; sus huesos, que son las rocas madre, han sido fragmentados para permitir la extracción de los recursos naturales; las venas de los árboles, las raíces que la oxigenan y le dan vitalidad, todo eso ha sido quebrado…”
— M. R. C. C —

Según esta visión la degradación ambiental no constituye únicamente un problema ecológico, sino una herida directa al tejido vital que sostiene la existencia colectiva.
Orito
Orito es el tercer municipio más poblado del departamento del Putumayo, con 40.478 habitantes según el DANE (2023). Conocido como la “Capital Petrolera” del departamento y dotado de aeropuerto propio, el municipio ha sido el resultado de un modelo de crecimiento impulsado por la industria petrolera que coexiste con la notable biodiversidad amazónica de la región. Su territorio está atravesado por cuatro ríos —Orito, Caldero, San Juan y Guamuez— y en su dominio existen distintos parques recreativos y zonas de esparcimiento. Curiosamente y por todo ello, quizás haciendo guiño tanto a su riqueza económica como natural, se le conoce informalmente como el “Paraíso Amazónico”.
Originalmente habitado por pueblos indígenas como los Awá, Cofán, Inga, Quillacinga y Kamëntsá, Orito ha experimentado profundos cambios demográficos desde el auge petrolero de la década de 1960, encabezado por la Texas Petroleum Company, con el crecimiento de poblaciones afrodescendientes y colonos mestizos. Actualmente, la población es mayoritariamente blanca y mestiza (59,7 %), seguida por pueblos indígenas (32,4 %) y población afrocolombiana (7,9 %) (DANE, 2005). El municipio sigue creciendo y se prevé que lo haga más en los siguientes años.
El cabildo “Oro Verde”
En la vereda El Yarumo se ubica el Cabildo Indígena Pastos Oro Verde, gobernado por M. I. Al momento de la entrevista, Doña I. colaboraba con programas estatales orientados a la erradicación de cultivos de coca. Sin embargo, su trayectoria no ha sido lineal. Su territorio estuvo durante décadas marcado por el tránsito de grupos armados y por la presencia de cultivos ilícitos. Hoy en día, doña I. es reconocida como lideresa comunitaria y participa activamente en espacios de diálogo con autoridades regionales como Corpoamazonia.
Dentro del Cabildo, el territorio muestra signos de fuerte intervención: cultivos comerciales y de subsistencia conviven con maquinaria abandonada, infraestructuras inconclusas y acumulaciones de residuos. Las fumigaciones con glifosato promovidas por el Estado obligaron a muchas familias a abandonar sus chagras tradicionales y a buscar nuevas fuentes de ingreso.
Al hablar de la actividad petrolera de la región, actualmente encabezada por Ecopetrol, Doña I. nos cuenta que la percepción social de la empresa es positiva debido al auge de trabajo asalariado estable y oportunidades de formación. Sin embargo, Doña I. expresa preocupación por la transformación de los paisajes y de las fuentes de agua que marcaron su juventud y los efectos de las exploraciones petroleras en los eventos de desbordamiento y contaminación fluvial.
El caso de Doña I., representativo de las experiencias de muchas otras personas desplazadas, arroja luz sobre la relación ambivalente que algunos colectivos mantienen tanto con el Estado como con la industria extractiva en un territorio atravesado por la presencia de disidencias armadas, el narcotráfico, las empresas multinacionales extractivas y las políticas de control estatal. En este contexto, diversas fuentes señalan a Orito como un punto crítico de conflictividad socioambiental.
Un proceso participativo poco participativo
Doña I. y el Mayor E. nos acompañan al parque recreativo del río Orito, donde una playa fluvial congrega bañistas y puestos de comida. Este espacio sirve para reflexionar sobre las transformaciones del territorio y su participación en el plan de ordenamiento del río.
Junto con representantes de otros cabildos indígenas y consejos comunitarios afrodescendientes, han señalado a la competencia medioambiental múltiples problemáticas ligada al río: contaminación por hidrocarburos, vertimientos de aguas residuales, caza y pesca con venenos, deficiente gestión de residuos sólidos, contaminación agrícola y por glifosato, disminución del caudal y pérdida de prácticas rituales asociadas al río.
La siguiente etapa del plan implica decidir colectivamente qué actividades industriales deben permitirse. Para Doña I. resulta fundamental que Ecopetrol reconozca los daños ocasionados por la exploración sísmica en zonas montañosas, cuyas remociones de tierra provocaron deslizamientos que afectaron a comunidades aguas abajo, incluida la suya.
Don E. exige que las comunidades indígenas sean consideradas interlocutoras legítimas y no “enemigas del progreso”. Reclama que el Estado y las empresas multinacionales que obtienen beneficios del territorio destinen parte de sus ganancias a las comunidades indígenas y campesinas que soportan las consecuencias socio-ambientales de estas actividades.
COMUNIDAD VERSABAL
Relativamente cercana a Orito, pero aislada por la densa selva y por el río Orito que defiende su entrada, se encuentra la comunidad afrodescendiente de Versabal, gobernada por el Consejo Comunitario homónimo. El territorio abarca aproximadamente 247 hectáreas y cuenta con título colectivo, resultado de un proceso mediante el cual se reclamaron al Estado dos predios baldíos. La comunidad fue fundada entre 1963 y 1964 por migrantes afrodescendientes provenientes del Cauca, quienes trajeron consigo prácticas de subsistencia y recolección para su sustento diario. Abrieron caminos a lo largo de los ríos y comenzaron a cultivar maíz, arroz, yuca y plátano.
Tras distintas etapas de organización, articulación, divisiones internas e incorporación de nuevos miembros, en 2019 la comunidad se constituyó formalmente como Consejo Comunitario Afrodescendiente de Versabal y fue inscrita en el Registro Único del Ministerio del Interior. Acogidos por A.M. y su familia, permanecimos dos días en el territorio, recorriéndolo libremente, conversando de manera informal con distintos miembros de la comunidad y realizando algunas entrevistas, mientras observamos y registramos aspectos de su vida cotidiana.
Tras cruzar el río en canoa a manos de un paisano que ejercía de guardián local, ingresamos a un paisaje singular: colinas onduladas desprovistas de vegetación, salvo el pasto que las cubre, salpicadas de ganado. En las cimas se alzan viviendas sencillas de madera, junto a una escuela autogestionada y estructuras básicas vinculadas al cuidado del ganado y a la vida comunitaria.
Organización social y cotidianidad
Las observaciones sugieren una estructura social organizada en torno a unidades nucleares conformadas por progenitores e hijos, sostenidas por redes familiares extendidas en base a principios de apoyo comunitario. Los valores de reciprocidad y comunalidad parecen guiar la vida cotidiana, pero también la interacción con el medio que habitan. En el territorio se produce un aprovechamiento de bienes y servicios procurando mantener las condiciones necesarias para su regeneración. Son prácticas que se apoyan en conocimientos ecológicos tradicionales acumulados durante generaciones y enriquecidos por el contacto con nuevos territorios y comunidades vecinas, reflejando una ontología relacional con afinidades respecto a pueblos indígenas de la región, aunque progresivamente atravesada por elementos de una visión más dualista de la naturaleza.
Los roles de género se estructuran en torno a una jerarquía patriarcal: los hombres asumen la jefatura del hogar, el sustento económico y las actividades productivas, mientras que las mujeres se ocupan principalmente de las labores de cuidado y reproducción: crianza, labores domésticas y la preparación de alimentos. Aunque algunos hombres trabajan como jornaleros para capataces, la agricultura y la ganadería de subsistencia sigue representando un pilar fundamental de sus actividades, complementadas por prácticas tradicionales de caza y pesca.
Se observa que la pesca, antes practicada en el mismo río Orito, ha disminuido significativamente debido al deterioro de la calidad del agua, obligando a buscar otras fuentes hídricas. Esta degradación se expresa en las percepciones locales que distinguen entre “malas aguas” (asociadas al río Orito) y “buenas aguas”, provenientes de manantiales limpios y de la recolección de agua de lluvia, destinadas al consumo, la cocina y la higiene.
En los relatos de A. M. y sus hermanos, referencias a creencias animistas ancestrales coexisten con discursos alineados con una mentalidad desarrollista. Expresiones como “ya no le tenemos miedo a la naturaleza” revelan la influencia de una ontología naturalista orientada a domesticar el paisaje para incrementar la productividad.
Al igual que en Sibundoy con el río Balsayaco, la urbanización y las actividades extractivas han transformado profundamente la vida cotidiana en Versabal y su relación con el río Orito, lo cual motivado la participación de M.A, en los procesos de consulta previa y espacios de diálogo impulsados por las autoridades regionales.
En este contexto, Versabal se configura como un territorio de diferencia. Las luchas emprendidas por su Consejo Comunitario se inscriben en los principios del Proceso de Comunidades Negras: la afirmación del ser, el derecho a existir y autodeterminarse, y el derecho a proyectar un futuro colectivo. La apropiación territorial y la defensa de mecanismos comunitarios para la conservación de la biodiversidad y la cultura constituyen el núcleo de su resistencia frente a las fuerzas hegemónicas que la rodean.
Los impactos del agua menguante en la biodiversidad y la pervivencia comunitaria
En Versabal, el agua no es solo un recurso: es memoria, sustento y espíritu. Cuando A. M. habla de la escasez creciente, no lo hace únicamente en términos de caudal o calidad, sino desde una comprensión profunda del vínculo entre los cuerpos de agua, los seres que los habitan y la vida comunitaria que depende de ellos. La contaminación asociada a la extracción petrolera y la sobreexplotación de los llamados “recursos naturales” ha transformado ríos y quebradas que antes eran abundantes.
“…cuando se saca un pez madre —sea una anguila eléctrica o una raya— el charco empieza a desaparecer; el río se rellena, se amontona la palizada y se seca porque el espíritu que ese pez llevaba con el agua también se va. Es como si el agua se enojara porque le quitaron ese pez madre, y el charco desaparece y se seca. Si llega otro pez, el charco puede volver a abundar; pero si no llega otro, no vuelve jamás. Y los peces tienen ese misterio: donde ha vivido un pez madre, es difícil que otro llegue"
— A. M. —

Según A. M., los animales acuáticos —como serpientes, peces y otros seres del río— poseen un espíritu que moldea y sostiene activamente su entorno. Cuando se extrae un “pez madre”, su espíritu se marcha, alterando el equilibrio del ecosistema. En su relato, este desequilibrio puede manifestarse en la desaparición de cuerpos de agua o en lo que describe como la “ira” del agua, expresada a través de inundaciones o tormentas. Vincula esta interpretación con acontecimientos como la devastadora avalancha de Mocoa en 2017, enmarcando la catástrofe ambiental dentro de una cosmología relacional.
Más allá de su dimensión espiritual, A. M. subraya que los desafíos relacionados con el agua se han intensificado con el tiempo debido al crecimiento demográfico, la deforestación, la sobrepesca y la aceleración del extractivismo. La pesca, que antiguamente se practicaba con anzuelo y únicamente para el autoconsumo, fue progresivamente comercializándose, contribuyendo al agotamiento de la fauna acuática. Mosquera recuerda prácticas destructivas en la quebrada 20 de Julio (“La 20”), donde en la década de 1960 se utilizó dinamita y en los años 80 sustancias tóxicas como el metavín. Estos métodos alteraron gravemente los ecosistemas acuáticos, reduciendo las poblaciones de peces y debilitando la salud de los cuerpos de agua y, por extensión, el bienestar de la comunidad.
En relación con el río Orito, explica que antes de la década de 1970 sus aguas eran consideradas limpias y aptas para el consumo. Sin embargo, con el crecimiento poblacional y la llegada de las empresas petroleras, la contaminación aumentó. Atribuye este deterioro a la falta de infraestructura adecuada para el tratamiento de aguas residuales y al vertimiento de efluentes industriales, particularmente de operaciones petroleras estatales. Hoy en día, el río es percibido como no apto para la pesca ni para usos domésticos.
A través del relato de Mosquera, la naturaleza aparece no solo como un conjunto de elementos físicos o biológicos, sino como un sistema vivo impregnado de espíritu y significado. Los “peces madre” y los cuerpos de agua son entendidos como agentes activos que sostienen el equilibrio ecológico. Respetar estas relaciones resulta esencial para evitar la desestabilización ambiental y la pérdida de vitalidad de los ecosistemas.
PUERTO ASÍS
Fundada en 1921, Puerto Asís se ha consolidado como la ciudad más grande del departamento del Putumayo. Ubicada sobre el márgen occidental del río Putumayo, parte de su territorio mantiene un contacto directo con las crecientes estacionales del río, que moldean periódicamente su paisaje y su vida cotidiana.
Su economía combina actividades agrarias —como el cultivo de frutales y la ganadería— con la pesca, que continúa siendo un componente importante de la dieta local. No obstante, el desarrollo económico de la ciudad ha estado marcado principalmente por la extracción petrolera y el comercio. Como último puerto fluvial con conexión hacia Leticia (Colombia) y estratégicamente situado entre Manaos (Brasil) y Tumaco (Colombia), Puerto Asís se ha convertido en un nodo atractivo para proyectos comerciales de gran escala.
En el plano cultural, Puerto Asís constituye un cruce de caminos. La población mestiza convive con comunidades indígenas que representan una parte significativa de sus habitantes. Según el Censo Nacional de Población y Vivienda del DANE (2018), el 8,8 % de la población se identifica como indígena. Al mismo tiempo, su condición de zona de frontera —donde el río delimita el límite entre Colombia y Ecuador— sitúa a la ciudad en una posición de particular vulnerabilidad en el marco del conflicto armado y de las economías ilegales que atraviesan la región.
Permanecimos en Puerto Asís durante ocho días. Nuestra estadía transcurrió principalmente en el casco urbano, pasando varios días en la casa de P., una mujer Murui-Muinane que nos abrió las puertas de su hogar. Las observaciones que aquí se presentan se nutren de conversaciones informales y entrevistas semiestructuradas con P. y miembros de su familia, así como con otros habitantes —como E., un barquero del sector conocido como Brisas de Hong Kong—.
Entre dos formas de vivir
P., mujer del pueblo Murui-Muinane, dejó su territorio ancestral en La Chorrera (Amazonas) a raíz del conflicto armado intensificado por el auge cocalero de la década de 1980. Junto a otras mujeres en su misma situación fundó el Cabildo Indígena Monilla Amena, como una forma de recuperar su propia voz, restaurar usos y costumbres, y afirmarse como sujetas políticas en búsqueda de autodeterminación ontológica. El grupo está conformado principalmente por mujeres viudas que llevan a sus espaldas décadas de violencia simbólica y material: primero, en su infancia, bajo la educación misionera católica, marcada por prácticas disciplinarias severas; más tarde, por las violencias históricas asociadas al período de la Casa Arana.
Entre semana, P. vive en una pequeña casa del barrio Centenario, en el casco urbano de Puerto Asís, junto a sus hijas y nietos. Los fines de semana, en cambio, viaja con sus compañeras de Monilla Amena al territorio que buscan consolidar como resguardo indígena. Allí, lejos del bullicio urbano, continúan practicando sus formas de vida tradicionales.
Vivir entre lo urbano y lo rural implica moverse constantemente entre dos universos ontológico-políticos distintos. En la ciudad predominan lógicas técnicas, administrativas y utilitaristas; en el territorio, en cambio, se recrean prácticas, ritualidades y sistemas de sentido que sostienen su identidad colectiva. Esta tensión permanente las sitúa en una experiencia de contradicción existencial: adaptarse sin dejar de ser, sobrevivir sin renunciar a su cosmovisión.
En relación con el agua, el conflicto se hace especialmente visible. La concepción dualista que la entiende como “recurso” gestionable y mercantilizable contrasta con su significado ancestral como entidad viva y relacional. Esta fractura se manifiesta con particular intensidad en su vida urbana.
M. G., nieta de P. y también habitante del hogar, nos guía por los espacios donde esa tensión se materializa cotidianamente, señalando los puntos donde el agua se convierte en motivo de preocupación, escasez y disputa.
“Pues acá en esta casa ya se ha intentado hacer aljibe en varias ocasiones. Esta casa tiene bastantes años. Nos beneficiamos del agua lluvia a través de canales, pero también dependemos del acueducto. Sin embargo, el agua del acueducto escasea mucho, porque el servicio acá en Puerto Asís no es muy bueno: a veces bombean en horarios muy cortos, por ejemplo cuando el río está seco o cuando hay mucho invierno y el agua se pone muy sucia. Cuando uno bombea el agua sale limpia, pero después de unas horas, cuando se asienta, cambia a un color café, tiene un olor como ácido y se le forma una nata de aceite por encima. Entonces estamos esperando a ver si podemos mandar a fabricar un filtro, para ver si de pronto filtrándola funciona…”
— A. M. G —
Contrastamos el testimonio de A. mientras nos muestra el último balde de agua extraído del pozo. Según ella, el problema se debe en parte a procesos de infiltración vinculados al agua utilizada para limpiar los oleoductos enterrados de la ciudad, la cual transporta contaminantes y otras sustancias hacia el sistema municipal de suministro. En el pasado, las familias podían acceder a cursos de agua alternativos para ciertos usos domésticos, pero esta situación ha cambiado en los últimos años:
“Detrás de la casa, a unos 50 metros más o menos, hay un río que se llama Singuiyá. Mi esposo, que creció aquí, me cuenta que hace mucho tiempo el río era limpio: la gente lavaba ropa allí, se bañaba, jugaba, e incluso había caimancitos, y patos; todavía quedan algunos. El río nace más arriba, y creo que es el mismo que pasa por Tres de Mayo y otros barrios. Pero en esos barrios, las casas construidas a la orilla descargan las aguas negras directamente al caño, así que ahora huele mal y ya nadie pesca allí…”
— A. M. G —
En visitas a distintos sectores de la ciudad donde existen canales urbanos, el agua se encontraba alterada tanto por vertidos como residuos sólidos. Afectados por malos olores, estos espacios se han convertido en zonas a evitar y en focos de enfermedad, como también ha ocurrido en Orito y Mocoa. De esta manera, una vez más, se visibilizan los problemas asociados a los intereses biopolíticos de las políticas modernas de gestión del agua, a través de los cuales el agua es destinada a garantizar el desarrollo de ciertas actividades comerciales en detrimento de los grupos sociales más vulnerables, que se ven abocados a cubrir sus necesidades en modos que les son insuficientes para alcanzar un estado aceptable de bienestar.
Brisas de Hong Kong
Durante una de nuestras salidas con P. visitamos Brisas de Hong Kong, un barrio ubicado en la periferia de Puerto Asís, a orillas del río Putumayo. Se trata de un asentamiento urbano compuesto por viviendas levantadas sobre pilotes de madera, que aparentemente carecen de infraestructura adecuada de alcantarillado y de un acceso estable a la electricidad. Cada mañana, pescadores y comerciantes llegan al muelle para vender directamente su producto.
No todos los habitantes dependen exclusivamente de la pesca. Algunos se ganan la vida transportando pasajeros a través del río, trabajando como guías turísticos informales o abasteciendo de combustible a las embarcaciones que transitan este corredor fluvial. La mayoría vive en condiciones precarias y se ve obligada a abandonar temporalmente sus viviendas durante la temporada de lluvias, cuando el río Putumayo crece y provoca inundaciones. En esos periodos, algunas familias se trasladan a barrios empobrecidos del centro urbano.
A lo largo de la ribera se observan plataformas improvisadas de combustible junto a grandes barcazas ancladas al lado de pequeñas embarcaciones, mientras la vida cotidiana transcurre en constante movimiento. Unos reparan sus lanchas; otros se bañan, limpian pescado, descargan mercancías o esperan ser transportados al otro lado del río. En este escenario, el río adquiere significados múltiples y superpuestos, reflejados en las diversas prácticas que coexisten en sus márgenes —a menudo con escasa regulación visible—. No obstante, predomina su función utilitaria y de transporte.
De este modo, Puerto Asís se configura como un territorio anfibio, donde el agua desempeña un papel decisivo en la disposición y configuración del paisaje urbano, delimitando zonas habitables y no habitables. Al mismo tiempo, el agua queda sujeta a un relato dominante de escasez que orienta su gestión, generando dinámicas de desigualdad entre barrios, algunos favorecidos, otros marginados y otros, como este distrito, sumidos en el abandono administrativo.
COEXISTENCIA DE USOS Y SIGNIFICADOS
En Brisas de Hong Kong nos recibe Don E.. Tras 32 años de servicio en la Armada Nacional de Colombia —donde se encargó de remolcar pelotones militares hacia distintos puntos del país— decidió retirarse y establecerse en este barrio ribereño. Hoy, ya pensionado, trabaja como barquero, transportando pasajeros en trayectos cortos hacia distintos enclaves a lo largo del río. En su testimonio, Don E. relata las dificultades que atraviesan su oficio y su vida cotidiana:
“Esta agua no se puede tomar porque tiene mucha contaminación. Botan muchos animales podridos por allá, en vez de enterrarlos.”
— Don E. —
Según explica, el río Putumayo ya no es apto para el consumo humano, lo que obliga a los habitantes a buscar fuentes alternativas de abastecimiento. Pero también alude a los cambios estacionales: durante la época seca, cuando el caudal disminuye considerablemente y la navegación se vuelve más compleja, la movilidad se interrumpe y algunos residentes deben esperar a que mejoren las condiciones.
Más allá de los problemas ambientales, Don E. señala un contexto de creciente inestabilidad en la región. Menciona la reactivación de grupos armados y redes de narcotráfico que utilizan el río como corredor de transporte. Según su relato, la violencia ha aumentado especialmente en las zonas del sur, afectando las rutinas cotidianas, restringiendo la movilidad y generando incertidumbre en torno al transporte fluvial y a las actividades comerciales que dependen de él.

La organización comunitaria frente
a la mala praxis petrolera
Parte del equipo regresó en 2023 a Puerto Asís para reunirse con representantes de la Asociación Campesina de Puerto Asís (ASOCPUERTOASÍS), una organización que sigue muy de cerca los impactos de la actividad petrolera en la región. Conversamos con L.N. presidente de la organización; con E. P., integrante del equipo técnico que lleva el monitoreo ambiental en el corredor Puerto Vega–Teteyé; y con S. J. encargada de proyectos socio-ambientales de distinta índole.
Según los entrevistados, la llegada de empresas multinacionales ha impactado gravemente ríos, quebradas y nacimientos de agua. Las plataformas de extracción han contaminado fuentes que anteriormente eran aptas para el consumo, obligando a numerosas comunidades a depender de carros-tanque para abastecerse.
“Ya tenemos comunidades que dependen ya de un carro tanque, cuando anteriormente nosotros nos tomábamos el agua como nacía, de un nacimiento de agua y es doloroso contar eso, porque eso está pasando en el corredor Puerto Vega - Teteyé y así mismo en todo el departamento del Putumayo, donde hay la industria. Nos duele porque ha habido desplazamiento de algunas comunidades por ese tema.”
— L. N. —

Nuestros interlocutores asocian el deterioro de la calidad del agua no solo con los derrames de hidrocarburos, sino también con la reinyección de aguas contaminadas en pozos abandonados. Aunque no se han realizado estudios epidemiológicos que permitan establecer relaciones causales concluyentes, miembros de la comunidad reportan afecciones cutáneas y otros problemas de salud que atribuyen a la contaminación petrolera.
Las presiones ambientales no se limitan a la contaminación. La deforestación y la erosión que son necesarias para erigir las infraestructuras extractivas a lo largo del río Putumayo han modificado la dinámica fluvial, intensificando la socavación de las riberas y poniendo en riesgo la infraestructura hídrica. Según fuentes locales, tramos del sistema de acueducto de Puerto Asís han resultado afectados por la erosión, dejando sin acceso a agua potable a aproximadamente el 35 % de la población que dependía de esta red. En zonas rurales, la inestabilidad de las riberas también ha implicado la pérdida de tierras y viviendas.

Desde el auge petrolero de la década de 1960, y a pesar de la oposición de las comunidades locales, las licencias ambientales para la explotación de hidrocarburos han seguido otorgándose de forma continuada, alimentando la desconfianza hacia las instituciones responsables de regular esta actividad. Al mismo tiempo, los esfuerzos comunitarios para mitigar los impactos de los derrames de petróleo han recibido un respaldo institucional limitado, mientras que la atención a las familias afectadas ha sido insuficiente.
E.P. explica que los procesos de monitoreo ambiental no han sido dotados de los recursos técnicos y financieros necesarios. Por ello, solicita apoyo estatal para desarrollar estudios integrales que permitan evaluar con precisión la magnitud y gravedad de la contaminación. Asimismo, propone la implementación de procesos de biorremediación como estrategia para recuperar suelos y fuentes hídricas degradadas. Sin una intervención decidida, advierte, la degradación ambiental podría traducirse en nuevos desplazamientos y en una profundización de la crisis socioambiental ya existente.
La resistencia campesina cristalizó en asociaciones como la Asociación Campesina del Suroriente del Putumayo (Acsomayo) en 2003, así como a la formulación de un Plan Integral de Vida que propone alternativas al modelo extractivo dominante. Sin embargo, pese a protestas, audiencias públicas y demandas de revocatoria de licencias, la expansión petrolera ha afectado más de 12.000 hectáreas y desplazado a decenas de comunidades.
Corredor Puerto Vega–Teteyé y
la intensificación del conflicto social
El corredor Puerto Vega–Teteyé, situado entre los ríos San Miguel y Putumayo, cerca de la frontera con Ecuador, constituye uno de los principales escenarios de conflictividad socio-ambiental del departamento. En este territorio convergen actividades agrícolas, ganaderas y petroleras impulsadas por empresas como Ecopetrol, Vetra y Amerisur, mientras que el narcotráfico y la presencia histórica de grupos armados han configurado un contexto de violencia e inestabilidad persistente.
La historia de vida de L.F.R., presidenta de la vereda Los Ángeles, en el corregimiento de Teteyé, permite comprender cómo estas dinámicas afectan la vida cotidiana de las comunidades. Llegó al Putumayo en 1987, cuando la región era una extensa frontera selvática, sin carreteras ni infraestructura. Recuerda una época en la que la abundancia de fauna, la pesca y la caza permitían a las familias vivir con relativa autonomía, pese a las dificultades propias del aislamiento.
Ese paisaje comenzó a transformarse con la llegada de la industria petrolera. La apertura de trochas en la selva y la entrada de maquinaria pesada dieron paso a una intensa actividad de exploración y extracción que, según su testimonio, alteró profundamente el territorio. A medida que aumentaban los pozos, también lo hacían la degradación ambiental y la presencia de actores armados, especialmente las FARC, incrementando la inseguridad para las comunidades.
Desde 2002, recuerda, los incendios en pozos y las rupturas de oleoductos se hicieron más frecuentes, extendiendo el crudo sobre ríos, quebradas y cultivos. La contaminación llegó a tal punto que su propia familia se vio obligada a desplazarse.
“El crudo es como la sangre de la tierra. Los taladros sacan esa sangre, y cuando ya no queda, inyectan agua en esas venas vacías. Pero ¿qué agua es esa? ¿Cuántos químicos lleva? ¿Qué va a producir la tierra después? Es como si me sacaran la sangre y me metieran algo que no me da vida.”
— L. F. R. —

La contaminación no ha sido el único desafío. Su trayectoria como lideresa comunitaria también ha estado marcada por la violencia. Tras desempeñarse como fiscal en Teteyé, participó en la creación de la vereda Buenos Aires y en la gestión de su reconocimiento jurídico, un proceso que estuvo acompañado de amenazas constantes y enfrentamientos armados, incluidos ataques con cilindros bomba. Durante algunos periodos, el temor a los combates y a los sobrevuelos militares impedía incluso que los niños asistieran a la escuela.
Hoy, las consecuencias siguen siendo visibles. La escasez de agua limpia y la degradación del suelo han reducido la productividad de cultivos tradicionales como el plátano, la yuca y el maíz. L.F.R. también relaciona la contaminación con el aumento de enfermedades graves en la comunidad, recordando que varios de sus familiares han fallecido por cáncer. A ello se suma una creciente militarización del territorio que, a su juicio, prioriza la protección de la infraestructura petrolera por encima de la seguridad y el bienestar de la población. Mientras las bases militares permanecen en la zona, muchas comunidades continúan careciendo de servicios básicos como telecomunicaciones o transporte confiable.
Casi nueve años después de la firma del Acuerdo de Paz, el corredor Puerto Vega–Teteyé sigue siendo un territorio donde convergen la extracción petrolera, el conflicto armado y las economías ilícitas. Disidencias de las antiguas FARC y otros grupos armados disputan el control de la región, generando nuevas tensiones asociadas a los cultivos ilícitos y a la limitada presencia estatal. Sus acciones, que incluyen ataques a la infraestructura petrolera, provocan además nuevos episodios de contaminación ambiental. En este contexto, extractivismo, violencia y debilidad institucional continúan alimentándose mutuamente, profundizando la vulnerabilidad socioambiental de las comunidades que habitan el territorio.
Puerto Leguízamo
Puerto Leguízamo es un municipio colombiano ubicado en el departamento de Putumayo, en el extremo sur del país. Se sitúa en la subregión del Bajo Putumayo, dentro de la Amazonia noroccidental, y comparte frontera internacional con Perú y Ecuador. Su localización estratégica, cercana a los ríos Putumayo y Caquetá, lo integra a uno de los corredores fluviales más importantes de la cuenca amazónica.
Su cabecera municipal, que lleva el mismo nombre, funciona como un puerto fluvial clave sobre el río Putumayo, facilitando el transporte, el comercio y la conectividad regional en un territorio donde las vías acuáticas siguen siendo fundamentales para la movilidad y la actividad económica.
Fundado en 1920 bajo el nombre de Caucayá, fue elevado a la categoría de municipio en 1958. Con una extensión aproximada de 11.640 km², es una de las entidades territoriales más amplias del departamento.
El territorio aledaño se caracteriza por una densa selva amazónica y altos niveles de biodiversidad. Entre sus rasgos ecológicos destacan importantes hábitats para guacamayas y otras especies emblemáticas del bosque tropical, lo que evidencia la riqueza ambiental y el valor estratégico de la región.
La Samaritana
La última etapa de nuestro recorrido nos llevó a La Samaritana, un resguardo indígena Murui-Muinane ubicado en las inmediaciones de Puerto Leguízamo, en la ribera norte del río Putumayo, en la frontera sur de Colombia.
La Samaritana surgió del esfuerzo colectivo de tres pueblos indígenas —Murui, Kichwa y Coreguaje— que, en 2016, decidieron compartir un mismo espacio territorial bajo la guía de sus mayores. Su objetivo común fue proteger sus tierras ancestrales frente a la deforestación, la ganadería extensiva y los cultivos ilícitos. El proceso de unificación implicó la clarificación de límites territoriales, la resolución de situaciones jurídicas pendientes y la organización conjunta de estrategias de gobernanza y manejo sostenible.
A través de esta colaboración, delimitaron 23.360 hectáreas de territorio colectivo, asignando porciones específicas a cada pueblo: 905 hectáreas para los Murui, 859 para los Kichwa y 896 para los Coreguaje.
Hoy, La Samaritana constituye un ejemplo de unidad indígena y resistencia territorial, respaldada por organizaciones como la Asociación de Autoridades Tradicionales y Cabildos Indígenas de Puerto Leguízamo y Alto Resguardo Predio Putumayo (ACILAPP), que articula autoridades Awá, Siona y Murui-Muinane en la defensa de los derechos territoriales, la justicia ambiental y la preservación de sus formas de vida tradicionales.
Sin embargo, la región enfrenta crecientes desafíos derivados de la presencia de múltiples actores armados —la presencia del ejército Nacional, grupos paramilitares, disidencias de las FARC, narcotraficantes y otras estructuras criminales— que disputan el control territorial. En este contexto, La Samaritana se encuentra atrapada entre la necesidad de protección y las restricciones impuestas por una base militar establecida dentro de su territorio ancestral. Como explica la ex gobernadora M. C.:
“Lamentablemente, nuestros territorios ancestrales quedaron en manos de los militares. Ellos los utilizaron para ganadería, y hoy sufrimos intentando recuperar nuestro territorio, porque allí está el agua. Dentro de esos terrenos controlados por los militares y la Agencia Logística Nacional están nuestros ríos, nuestros territorios ancestrales, nuestros sitios sagrados…”
— M. C. —

Si bien la base militar busca proteger el casco urbano de Puerto Leguízamo, ha limitado severamente la movilidad y el acceso a tierras y fuentes de agua esenciales para la supervivencia física y cultural de la comunidad. La deforestación asociada a la ganadería destinada al abastecimiento del campamento militar ha reducido áreas fértiles y afectado el acceso al agua potable.
El abuelo J. señala que el territorio posee más de noventa años de historia colectiva y ha enfrentado profundas crisis ambientales y territoriales. Entre ellas, la contaminación del agua destaca como una de las más críticas.
Aunque estudios han confirmado altos niveles de contaminación y la presencia de parásitos, ninguna institución ha implementado acciones efectivas de remediación. El agua del Caño Chamba no es apta para el consumo humano ni animal. Sin embargo, ante la falta de alternativas, la comunidad se ve obligada a utilizarla en ocasiones. Estrategias adaptativas como la recolección de agua lluvia han brindado alivio parcial, pero resultan insuficientes para garantizar un acceso continuo y seguro al agua potable. La inseguridad hídrica persiste así como un problema estructural que refleja tanto la degradación ambiental como las deficiencias en infraestructura y respuesta institucional.
A estas problemáticas se suman la deforestación derivada de la ganadería extensiva y la ubicación del vertedero municipal en cercanías de nacimientos de agua, factores que agravan la crisis ecológica.
Puerto Leguízamo alberga una notable diversidad territorial indígena, con 11 resguardos legalmente reconocidos distribuidos en aproximadamente 2.438,7 km², según el Ministerio del Interior. No obstante, el municipio registra una de las tasas de deforestación más altas del departamento de Putumayo, concentrando cerca del 25% de la pérdida forestal regional. Entre los principales impulsores se encuentran los cultivos ilícitos, la minería ilegal de oro, la ganadería extensiva, la extracción de hidrocarburos y la tala no autorizada.
Entre 2001 y 2023, Puerto Leguízamo perdió aproximadamente 82.200 hectáreas de cobertura arbórea —una reducción del 8,3% respecto al año 2000— lo que implicó emisiones estimadas en 58,2 millones de toneladas de CO₂ (Global Forest Watch, s.f.). De manera más específica, entre 2002 y 2023, las tierras indígenas y comunitarias del municipio perdieron 8.310 hectáreas de bosque primario húmedo, equivalente al 10% de la pérdida total de cobertura arbórea en ese periodo y a una reducción del 3,1% del bosque primario existente.
A pesar de la acumulación de desafíos, la comunidad de La Samaritana continúa defendiendo su cultura, su territorio y sus bienes naturales frente a presiones externas. El agua, en particular, no es concebida únicamente como un derecho humano fundamental, sino como una expresión viva de su vínculo espiritual y territorial con la naturaleza. A través de la organización colectiva y del liderazgo intergeneracional, la comunidad sostiene su lucha por proteger las bases ecológicas de su existencia y garantizar la continuidad de sus formas de vida ancestrales.
DISCLAIMER
La información aquí presentada ha sido triangulada con información proveniente de artículos académicos, reportajes periodísticos, consultas a agentes clave. Gran parte de las fuentes están recogidas en trabajos académicos de Verónica Rebollo y Nils Neuman, que pueden ser consultados bajo petición a través del mail de contacto.
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