Mocoa

Ubicada en el piedemonte amazónico y con aproximadamente 58.938 habitantes, según el DANE (2018–2020), Mocoa es la capital del departamento del Putumayo. Su economía se basa principalmente en la agricultura y el comercio, aunque en las últimas décadas la actividad petrolera se ha consolidado como un importante motor económico, atrayendo oleadas de población a la ciudad. Como resultado, Mocoa ha experimentado un rápido crecimiento demográfico y urbanístico, impulsado también por la llegada de personas desplazadas por el conflicto armado en departamentos vecinos, muchas de las cuales se han asentado en barrios informales.

Atravesada por los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco, la ciudad se hizo un hueco en titulares internacionales en marzo de 2017, cuando intensas lluvias provocaron el desbordamiento de los ríos, afectando a 17 barrios y causando más de 300 fallecimientos. La insuficiencia de infraestructura, la deficiente planificación urbana y la ineficaz gestión de cuencas agravaron la magnitud del desastre, impactando de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.

Aunque posteriormente se implementaron medidas de reconstrucción y gestión del riesgo en el marco del Plan de Ordenamiento Territorial, Mocoa continúa enfrentando problemas recurrentes relacionados con el agua, entre ellos inundaciones, deslizamientos, interrupciones en el suministro y otras alteraciones que afectan tanto al casco urbano como a las comunidades aledañas.

Tensiones entre conservación y extractivismo

Nos alojamos en la Reserva Natural de la Sociedad Civil Paway, una iniciativa privada de conservación gestionada por M. y su esposo, D. En 2011 adquirieron un predio de bosque nublado con el propósito de protegerlo frente al auge extractivista, principalmente la explotación petrolera y maderera.

Sus intentos por obtener respaldo institucional han tenido resultados limitados. A su juicio, la conservación de la biodiversidad ocupa un lugar marginal en las agendas públicas, que con frecuencia priorizan la inversión extractiva. Señalan que el frágil equilibrio hidrológico de Mocoa se ve aún más comprometido por la deforestación en laderas y por la fragmentación de la acción institucional. Los vacíos normativos que se producen debido a políticas sectoriales que abordan los elementos naturales de forma aislada contribuyen a una degradación ecológica acumulativa.

Planificación urbana con

graves consecuencias

En Mocoa nos encontramos con una situación en la que viviendas precarias se alinean a lo largo de las riberas desprovistas de vegetación y de medidas de contención. En este escenario se hace evidente el rol dicotómico del agua, como sustento de la vida y, al mismo tiempo, agente con potencial devastador.

El río se convierte además en receptor de contaminación urbana. Grandes tuberías descargan aguas residuales directamente en el río Mulato, mientras residentes cercanos continúan utilizando sus aguas para actividades de subsistencia e higiene.

Estas condiciones evidencian las consecuencias de una planificación urbana inadecuada, que reproduce desigualdades en el acceso a salud, saneamiento y vivienda segura. A pesar de la tragedia de Mocoa en 2017, numerosos asentamientos informales fueron reconstruidos en zonas de alto riesgo. Años después, habitantes como S. Chindoy continúan viviendo con las secuelas materiales y emocionales del desastre.

La gestión hídrica: un laberinto burocrático

En Colombia, la autoridad ambiental regional, Corpoamazonía, tiene la función de traducir los mandatos ambientales nacionales en acciones regionales y locales. En el ámbito del manejo del agua, esta traducción se materializa a través de instrumentos de planificación como los Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas (POMCA) y los Planes de Ordenamiento del Recurso Hídrico (PORH), estos últimos enfocados en sistemas fluviales específicos.

Sin embargo, dichos instrumentos se inscriben en una arquitectura de políticas más amplia en la que el gobierno nacional aborda la gestión de la naturaleza a través de un enfoque sectorial. Esta perspectiva segmentada tiende a invisibilizar la interdependencia y la interconexión de los sistemas naturales. Al concebir la naturaleza como un conjunto de “recursos” discretos, desligados del resto de componentes del ecosistema, estas pautas de manejo reflejan una lógica antropocéntrica y reduccionista, fuertemente influenciada por prioridades económicas y orientadas al mercado.

“Entonces hablamos del agua como un recurso, hablamos del bosque como un recurso, hablamos del suelo como un recurso y hablamos del aire como un recurso, y creamos políticas separadas para cada uno. Esto, por supuesto, fragmenta nuestro enfoque y fragmenta una comprensión integrada de la naturaleza. Y una vez que la fragmentamos, se vuelve muy difícil entender que si diseño un instrumento orientado al agua, no solo beneficia al agua, sino al sistema en su conjunto…

— Funcionario de Corpoamazonía —

Este marco de gobernanza fragmentado incrementa la complejidad administrativa y los costos, al tiempo que limita la acción coordinada dentro de una misma administración y entre administraciones de distintos niveles gubernamentales. Las políticas gestionadas por distintas dependencias generan vacíos regulatorios y superposiciones institucionales que con frecuencia se traducen en conflictos en el territorio.

Si bien la gobernanza del agua se apoya en múltiples instrumentos -como los procesos de planificación PORH, la consulta previa obligatoria con autoridades indígenas, campañas de educación ambiental y sistemas de licenciamiento- los actores territoriales, incluidas comunidades indígenas y afrodescendientes, continúan teniendo un acceso limitado y esporádico a los procesos de toma de decisiones e implementación de las medidas demandadas.

El proceso de consulta previa es un mecanismo de diálogo y participación mediante el cual los pueblos indígenas o comunidades étnicas son consultados antes de aprobar proyectos, obras o medidas que puedan afectar sus territorios, derechos o formas de vida, con el fin de garantizar su participación informada y proteger sus intereses.

Minería en disputa

En 1982, el gobierno colombiano identificó un importante yacimiento de cobre y molibdeno en la región de Mocoa. Actualmente, este depósito es objeto de exploración por parte de la empresa canadiense Libero Copper, pese a reiterados mandatos gubernamentales que han ordenado la suspensión de dichas actividades. El proyecto ha generado una fuerte oposición por parte de comunidades locales y defensores ambientales, dado que el modelo propuesto se basa en minería a cielo abierto, con potenciales impactos ecológicos severos. Aunque la empresa sostiene que aplica prácticas sostenibles, comunidades indígenas y campesinas han denunciado afectaciones ambientales y la presunta ausencia de los permisos ambientales correspondientes.

En 2018, el Concejo Municipal de Mocoa aprobó un acuerdo que prohíbe la minería a gran escala en el municipio con el fin de proteger su patrimonio natural y cultural. En 2021, Corpoamazonia ordenó la suspensión de las labores de exploración, y la Agencia Nacional de Minería (ANM) emitió igualmente una orden de suspensión por falta de autorización adecuada. En 2022, un juez rechazó una demanda de nulidad interpuesta por la empresa y reiteró la obligación de suspender todas las actividades mineras y retirarse del territorio. No obstante, investigaciones posteriores revelaron que entre 2021 y 2022 continuaron actividades de exploración, incluyendo tala de árboles y manejo inadecuado de residuos de perforación, lo que motivó la apertura de una investigación penal por posibles delitos ambientales.

A inicios de 2025, la empresa habría avanzado un programa de perforación de 14.000 metros para evaluar el depósito, enmarcando sus acciones en un discurso de acuerdos comunitarios e inversión social. Mientras tanto, las presiones mineras han profundizado divisiones internas en las comunidades locales, entre quienes ven en la minería una oportunidad económica y quienes la consideran una amenaza cultural y ambiental. Las protestas y acciones de resistencia continúan, incluso en un contexto donde las prioridades nacionales en torno al suministro de minerales para infraestructuras de energías renovables complejizan la oposición local.

 

La activista ambiental Constanza Carvajal Vargas se ha consolidado como una de las voces más críticas frente al proyecto. Además de la explotación a cielo abierto, la iniciativa minera contempla la extracción de arena y piedra del río Mocoa bajo una concesión que se extiende hasta 2043. Esta extracción ha desestabilizado las riberas y áreas circundantes, afectando directamente barrios del suroriente de la ciudad y amenazando ecosistemas de montaña que constituyen fuentes clave de agua. Carvajal señala que la fuerte oposición comunitaria de 2018 y 2019 se debilitó durante la pandemia, cuando el desempleo permitió a la empresa ganar respaldo al ofrecer empleo a aproximadamente 150 personas.

Asimismo, advierte que la minería podría destruir ecosistemas frágiles que albergan especies en peligro como el oso de anteojos, la danta de páramo y numerosas aves, además de afectar reservas forestales y territorios indígenas cercanos. Entre los impactos potenciales menciona la contaminación del agua, la deforestación, la alteración del paisaje por las perforaciones, la erosión del lecho fluvial, riesgos para la salud, restricciones en el acceso al agua, desplazamientos forzados y fragmentación social.

Carvajal también alerta que las solicitudes de ampliación minera presentadas en 2021 por Libero Copper afectan áreas altamente sensibles donde nacen ríos que alimentan tanto el Putumayo como el Caquetá -este último, uno de los principales afluentes del Amazonas-. Considerando la presencia de múltiples fallas geológicas y riesgos de deslizamientos en Mocoa, sostiene que la minería a gran escala incrementa significativamente la vulnerabilidad a desastres ambientales. A través del colectivo “Ríos y Reconciliación”,  busca una regulación más estricta de las actividades extractivas mediante herramientas jurídicas, entre ellas la Sentencia 4360, que reconoció a la Amazonía como sujeto de derechos.

Hasta la fecha, no existe un fallo definitivo que autorice de manera concluyente la minería a gran escala en la zona, y la movilización social para frenar el proyecto continúa.

Privatización de servicios públicos

Otro foco de tensión ha surgido con respecto a EMAS S.A.S., empresa de saneamiento urbano perteneciente a la multinacional Veolia, la cual ha sido encomendada la gestión de los residuos sólidos urbanos de Mocoa a través de un vertedero a cielo abierto que recibe el nombre de Parque Tecnológico Ambiental Wayra. El conflicto se concentra en la vereda Medio Afán, compuesta mayoritariamente por familias campesinas, cuyos habitantes denuncian afectaciones severas derivadas del lixiviado de residuos que contaminan la quebrada Medio Afán. Años de contaminación han desencadenado reiteradas protestas, incluyendo el bloqueo del acceso al relleno sanitario durante casi un mes en 2024. La comunidad ha solicitado realizar las investigaciones pertinentes a Corpoamazonia, señalando prácticas inadecuadas en la gestión de residuos.

A pesar de las denuncias formales y de la evidencia reportada sobre daños ambientales, miembros de la comunidad sostienen que la autoridad ambiental no ha adoptado medidas contundentes para frenar la degradación. Esta percepción de inacción regulatoria ha llevado a cuestionamientos sobre el compromiso institucional con la protección ambiental, señalando incluso posibles interferencias de intereses políticos.

En respuesta a estas críticas, la empresa afirma haber implementado diversas medidas de mitigación durante el período 2024–2025, respondiendo a las demandas de Corpoamazonia en sisi2019. Según comunicaciones corporativas, dichas acciones incluyen la continuidad en la recolección y limpieza urbana, iniciativas de participación comunitaria, actividades de educación ambiental, jornadas de limpieza, articulación con escuelas y organizaciones locales, y ajustes en los horarios de recolección.

No obstante, hasta la fecha persiste el activismo que reivindica el cierre definitivo del relleno sanitario, mientras los sectores más críticos sostienen que la operación continúa sin abordar las problemáticas sociales y ambientales generadas.

La Tierra como vientre gestante

M. nos conduce hasta la Casa de Encuentro de ASOMI, donde nos recibe María Rosario, mujer Kamëntsá del Valle de Sibundoy y exrepresentante legal de la organización. Sentadas en círculo, nos presenta ASOMI como un espacio de encuentro, diálogo y reflexión colectiva orientado a fortalecer la medicina tradicional desde el conocimiento y la cosmovisión de las mujeres indígenas. En este sentido, ASOMI cumple una doble función: revaloriza saberes femeninos desplazados por un modelo ideológico que relega el cuidado a un lugar secundario - reflejando los valores patriarcales que sostienen el extractivismo- y, al mismo tiempo, reivindica el papel de las mamitas como transmisoras fundamentales de conocimiento y guardianas de cosmologías amenazadas.

Junto a sus compañeras, María Rosario ha observado un deterioro tanto en la disponibilidad como en la calidad del agua, lo que afecta la vitalidad de las plantas medicinales y, en consecuencia, la salud de las mujeres y sus familias. Explica que el abuso continuado sobre el territorio ha debilitado su capacidad para sostener la vida.

“…ya estamos experimentando muerte prematura; ahora es raro que alguien llegue a los 80 o 90 años o más. Es por esta misma razón: nuestra madre está enferma, ya no puede soportar seguir alimentándonos, como cuando la leche de una madre se seca y ya no puede nutrir a su bebé. De la misma manera es la Madre Tierra: se siente débil, se siente enferma, se siente agotada, porque ya no tiene su sangre, como el agua o el petróleo; sus huesos, que son las rocas madre, han sido fragmentados para permitir la extracción de los recursos naturales; las venas de los árboles, las raíces que la oxigenan y le dan vitalidad, todo eso ha sido quebrado…”

— María Rosario del Carmen Chicunque —

La metáfora del territorio como cuerpo materno -con su sangre, huesos y venas- revela una ontología relacional en la que naturaleza y humanidad no son entidades separadas, sino partes de un mismo organismo vivo. En esta visión, la degradación ambiental no constituye únicamente un problema ecológico, sino una herida directa al tejido vital que sostiene la existencia colectiva.